Propuesta por el sociólogo estadunidense Travis W. Hirschi en su obra Causas de la delincuencia (1969), la teoría del control social establece que la familia, la escuela y otros aspectos de la sociedad sirven para disminuir la propensión del individuo a violar la ley.

De acuerdo con Hirschi, hay cuatro rubros del control social en la prevención del delito: vínculos personales dentro y fuera de la familia; compromiso con actividades en los que la persona ha invertido tiempo y energía, como la escuela; involucramiento en actividades que sirven para fortalecer dichos vínculos, y la creencia en valores sociales amplios.

En México, por desgracia, estamos viviendo una ausencia cada vez más grande de sanción social a las actividades delictivas.

En ese sentido, fue paradigmático lo sucedido a partir de la mañana del viernes pasado, cuando un grupo de sicarios perteneciente a una célula de la Unión Tepito intentó asesinar en Circuito Interior al empresario restaurantero Eduardo Beaven Magaña, quien se dirigía al aeropuerto capitalino para tomar un vuelo a Cancún.

La camioneta del hombre de negocios fue atacada por cuatro sujetos que viajaban a bordo de dos motocicletas. Desde la primera, dispararon sobre el vehículo, mientras que la segunda le cerró el paso. Quizá los criminales no contaban con que el escolta de Beaven respondería el fuego y su chofer arrollaría y arrastraría la moto que tenía enfrente.

Los tripulantes de la primera motocicleta se dieron a la fuga, igual que el pistolero que iba de pasajero en la segunda, quien huyó a pie. Sobre el asfalto quedó tirado el conductor de la segunda moto. Baleado y atropellado, perdió la vida en el hospital al que fue llevado por socorristas.

Ese mismo día se conoció públicamente la identidad de este último: Donovan Abraham Ortiz Mondragón, de 17 años de edad. Era un jovencito que gozaba de hacer piruetas en su motocicleta, mismas que subía a redes sociales.

Aún no queda claro si Donovan sólo conducía la motocicleta o también portaba y/o disparó el arma que apareció en la escena. En todo caso, su involucramiento en lo que la policía capitalina describe como un intento de asesinar a Beaven debería ponernos a pesar. ¿Qué está llevando a centenares de jóvenes a formarse en las filas del crimen organizado?

Pero hay otro aspecto más inquietante: el domingo por la mañana, Donovan recibió un homenaje, frente a la puerta 15 del Autódromo Hermanos Rodríguez, por parte de un centenar de personas que acompañaban su féretro.

Mientras algunas personas se asomaban a ver el cuerpo, jóvenes motopisteros hacían rugir sus máquinas y realizaban “donas” sobre el pavimento.

Quizá en otro tiempo o en otra ciudad los familiares habrían organizado un funeral discreto. Igual que en otro tiempo o en otro país nadie se habría atrevido a dejarse ver cenando en un restaurante de lujo con un exfuncionario que recibió sobornos millonarios.

En México, la sanción social que previene el crimen se bate en retirada. Los asesinatos, que se dan por racimos, se han normalizado. Y es que sólo en ocasiones excepcionales se da una acción rápida y eficaz de la autoridad para detener a los presuntos participantes.

Esa es la única buena noticia derivada de los hechos del viernes: el fin de semana, las autoridades detuvieron a cuatro presuntos miembros del grupo que trató de matar a Beaven, dos de los cuales —me dijo ayer en la radio el secretario de Seguridad Ciudadana, Omar García Harfuch— estuvieron involucrados directamente en el atentado.

Uno de los detenidos, de apenas 22 años de edad, es señalado como jefe de sicarios de la célula delictiva. Para llegar a esa posición, supongo, tendrá alguna trayectoria en el mundo criminal.

Lo que estamos viviendo es una tragedia: jóvenes metidos hasta el cuello en la delincuencia, balaceras en plena luz del día en zonas urbanas concurridas, comensales que parten el pan y comparten el vino con alguien que acepta haberse corrompido.

Mientras, la mayoría de los mexicanos nos preguntamos cómo diablos fue que llegamos a esto.

Fuente: Excelsior