Porfirio: a 33 años de aquella interpelación

La memoria histórica en nuestro país se suele convertir en una suma de olvidos, la mayoría de las veces conscientes. No hace tanto tiempo (y hace muchísimos años) me tocó cubrir como reportero por primera vez un informe presidencial y aquel día una etapa de mi vida coincidió con el inicio de una nueva etapa en la vida política del país.

Era el primero de septiembre de 1988, el último informe de Miguel de la Madrid, después de la turbulenta elección de julio de ese año, la primera realmente competida de la historia de México. El informe era, hasta entonces, el día del Presidente, por norma estaba prohibido interpelar, interrumpir al mandatario cuando pronunciaba su informe, bueno es un decir: podía ser interrumpido por los aplausos. Hubo algunos informes de Luis Echeverría o José López Portillo que fueron interrumpidos por aplausos y ovaciones en más de 50 ocasiones. Pero eso era ya también parte del pasado.

Cuando De la Madrid estaba ya en el tramo final de su informe, el flamante senador Porfirio Muñoz Ledo, del Frente Democrático Nacional, que acababa de vencer al PRI en la Ciudad de México, se puso de pie y gritó: “con su permiso, señor presidente”. Fue suficiente para que el presidente de la Mesa Directiva, Miguel Montes le exigiera silencio, para que cubriera a Porfirio un griterío de la bancada priista, para que los panistas, entre ellos Vicente Fox, agitaran boletas electorales alegando fraude y para que los integrantes de la bancada del FDN abandonaran el recinto. Algún priista intentó patear a Muñoz Ledo, que seguía reclamando el uso de la palabra, por lo que otro trató de tomarlo por el cuello. Y finalmente el informe terminó y con él, también y para siempre, el día del Presidente.

Desde entonces todos los mandatarios tuvieron que aceptar desde interpelaciones hasta francas groserías, desde protestas irreprochables hasta excesos evidentes. Algunos pudieron dar su informe, otros no, incluso se intentó bloquear, impedir, la toma de posesión de Felipe Calderón. Pero todos los presidentes desde aquella interpelación de Muñoz Ledo en 1988 se enfrentaron, para su mal o para su bien, al Congreso, con su pluralidad, sus excesos y sus reclamos, legítimos o no.

Ayer Muñoz Ledo debe haber sentido una franca nostalgia del pasado. Era el invitado de honor en la entrega de la medalla Belisario Domínguez a Ifigenia Martínez, su amiga y compañera de luchas de aquellos años, junto con Cuauhtémoc Cárdenas. Ifigenia es una mujer que nos debe enorgullecer a todos: fue la primera en muchas cosas, pero sobre todo en conservar un talante democrático que le permitió ser la primera mujer mexicana que se recibió en economía en Harvard, la primera en ser profesora titular de la facultad de economía (donde uno de sus alumnos predilectos era Carlos Salinas de Gortari), ocupó cargos de gobierno, fue legisladora, rompió con el PRI en 1987 con la corriente democrática y siguió su carrera política siempre con capacidad de escuchar, debatir, interponer una idea antes de cualquier agravio.

Un reconocimiento justo con una medalla que quiere representar precisamente eso: el derecho a libre expresión de las ideas, a la libertad de pensar y debatir sin coacciones y restricciones. Algo que siempre hizo Ifigenia. Al Igual que el otro galardonado post mortem, el Dr. Manuel Velasco Suárez, un político serio y respetuoso, un médico notable y humanista. Otro reconocimiento irreprochable, ambos propuestos por López Obrador.

Me imagino que, en ese ámbito, con esos dos personajes justamente reconocidos, Porfirio debería estar pensando en porque no fue al senado a acompañar a los legisladores y galardonados el presidente López Obrador. Es el único mandatario que sólo ha ido al Congreso el día de su toma de posesión y nunca más ha regresado, ni siquiera en unos años en los que su bancada tiene amplia mayoría legislativa en ambas cámaras.

¿De verdad no fue porque temía que la senadora Lilly Téllez le faltara el respeto y manchara la investidura presidencial, sólo porque envió un tuit crítico contra el Presidente?, ¿por qué no lo hizo pese a que la propia Lilly se comprometió a ser respetuosa con el mandatario y cuando el líder del senado, Ricardo Monreal le garantizó que podría ir sin menoscabo de su persona?, ¿no fue por una suerte de desprecio al Legislativo, porque no quiere escuchar críticas a su persona luego de recordar, por ejemplo, la forma grosera en que Layda Sansores interpeló al presidente Peña Nieto?, ¿para no toparse con Muñoz Ledo que fue quien le cruzó sobre el pecho la banda presidencial y que luego fue ignorado, menospreciado por Morena, cuando osó criticar algunas políticas partidarias y presidenciales?

No lo podemos saber, pero enfrentarse a los legisladores (y exigirles a éstos que se comporten civilizadamente, no como lo hicieron muchas veces los opositores con otros mandatarios) es parte de la vida democrática de un país. La investidura presidencial es tan importante como su capacidad de diálogo con los otros Poderes de la Unión.

Felicidades para doña Ifigenia, un recuerdo agradecido para el doctor Manuel Velasco, un reconocimiento absoluto para el personal sanitario que atendió (y sigue atendiendo) la pandemia, que también fue galardonado. Pero no olvidemos una cosa: el derecho a la libertad que representa la Belisario Domínguez es algo que debe ejercerse y respetarse todos los días.

Fuente Excelsior