Doscientos años de la Armada de México

Bajo la advocación de San Jerónimo, el navío Asia salió del Real Astillero de La Habana en 1789.

Los historiadores lo describen como uno de los más veloces de su tiempo, cosa que demostraría alcanzando y capturando diversos barcos ingleses en el Caribe. Por singulares motivos, se convertiría en uno de los primeros buques de la Armada de México, que hoy cumple 200 años de fundada.

Cuatro años después de su botadura, el Asia, de 64 cañones, tuvo su primer éxito en batalla. Participó en la flotilla que expulsó a los franceses de Cerdeña, en la Guerra del Rosellón.

Realizó numerosas travesías transatlánticas, lo mismo dando protección a barcos mercantes contra los ataques de piratas que transportando a soldados hacia América y regresando con fondos a España.

A mediados de 1821, el Asia condujo a Veracruz a Juan de O’Donojú, nombrado por la Corona española para relevar a Juan Ruiz de Apodaca, quien había sido desconocido por la guarnición de la Ciudad de México. Luego de 61 días de navegación, buena parte de la tripulación había enfermado, muriendo de vómito dos sobrinos de O’Donojú, siete oficiales de su comitiva y cien hombres de la tropa y marinería del navío.

Firmados los Tratados de Córdoba y sellada la Independencia de México, el Asia trasladó a La Habana las últimas fuerzas realistas de la moribunda Colonia, salvo las que decidieron permanecer en el castillo de San Juan de Ulúa, último reducto español en el nuevo país. En sus bodegas llevaba 2.3 millones de pesos fuertes. Con el regreso del absolutismo en España, en 1823, el buque es enviado a combatir a los insurgentes en América del Sur, por lo que cruza el estrecho de Magallanes y se dirige a Perú.

Acondicionado en el arsenal gaditano de La Carraca, iba bien armado. Llevaba como capitán al implacable Roque Guruceta, veterano de la represión de la piratería en el Mediterráneo. Pese a ello, no logró evitar la derrota de las fuerzas realistas, vencidas por el mariscal Sucre en Ayacucho, en diciembre de 1824. Guruceta se negó a entregar el Asia a los independentistas y en enero zarpó de regreso a España sin esperar siquiera a que lo abordara el defenestrado virrey Luis de la Serna, quien tuvo que volver a casa en un barco francés.

Camino de Filipinas, el Asia se vio obligado a fondear en las Marianas para ser reparado. Entre el 10 y el 12 de marzo de 1825, la tripulación se sublevó por falta de pago, dejando a Guruceta con graves lesiones en la cabeza. Con José Martínez como nuevo capitán, el barco volvió a América.

Echando mano de tela que tenían a bordo, los sublevados confeccionaron una insignia parecida a la del Ejército Trigarante. Sin embargo, a falta de verde tuvieron que usar el azul. En Monterrey, puerto de la Alta California, se entregaron a las nuevas autoridades mexicanas a cambio del reconocimiento de sus salarios caídos y, ya con bandera mexicana, el barco arribó el 17 de junio de 1825 en Acapulco, donde sería rebautizado como Congreso Mexicano, convirtiéndose en el mayor barco de la naciente marina de guerra mexicana.

A partir de entonces, ganó más batallas sicológicas que reales, pues no estaba en condiciones de participar en combates. Qué hacer con el enorme barco fue incluso materia de debate en el gabinete del presidente Guadalupe Victoria, donde había quienes, como Lucas Alamán, sugerían desguazarlo y venderlo como madera, dado el alto costo de su mantenimiento (La independencia se consolidó en el mar, de Miguel Carranza y Castillo). Sin embargo, ganó la posición de mantenerlo a flote y el Congreso Mexicano dio la vuelta al continente para terminar sus días en Veracruz, primero, como buque escuela y al final como prisión flotante, hasta que terminó hundiéndose en las aguas del Golfo de México.

Ésta es una de tantas anécdotas que forman parte de la historia de la Armada de México que hoy llega a su bicentenario, una institución más añeja incluso que la Presidencia de la República, que consolidó la Independencia al conseguir la capitulación del último reducto español en 1825 y que en todo este tiempo ha mantenido una estricta observancia de las leyes que rigen la vida pública.