Iturbide revisitado

El 9 de octubre de 1849, el gobierno de la República accedió a una petición largamente acariciada por los habitantes de Casas Viejas, Guanajuato: ponerle a su pueblo el nombre de Agustín de Iturbide.

Veintiocho años antes, en los últimos meses de la Guerra de Independencia, el jefe del Ejército Trigarante había acantonado a sus fuerzas en ese lugar, a las faldas de la Sierra Gorda, en espera de un buen momento para vencer la resistencia en Querétaro, uno de los últimos bastiones realistas.

Estando allí, Iturbide se enteró de que una fuerza española había salido de San Luis Potosí, al mando del coronel Rafael Bracho y el teniente coronel Pedro Pérez San Julián, y envió a su subalterno, el coronel José Antonio de Echávarri, a interceptarla en San Luis de la Paz, donde logró la capitulación del enemigo.

Logrado esto, Iturbide lanzó su Proclama de Casas Viejas, el 22 de junio de 1821, llamando a Juan José Ruiz Apodaca –último virrey de la Nueva España, reconvertido en jefe político luego del reconocimiento de la Constitución de Cádiz– a “dejar de ver con indiferencia y quizá con desprecio el derramamiento de sangre de los que acaudilla”.

Por esa breve, pero sustanciosa presencia, el lugar fue bautizado como San José Iturbide. Hoy es uno de los dos municipios del país que llevan el nombre del militar nacido en Valladolid, hoy Morelia. El otro está en Nuevo León.

A cinco días de que se cumplan dos siglos de la entrada triunfal del Ejército Trigarante en la Ciudad de México, hecho que marcó el nacimiento del país, la figura de Iturbide se aferra al recuerdo y pervive en la forma de calles y poblados.

Su relación con la historia nacional ha pasado por distintas etapas, pues luego de su fusilamiento en Padilla, Tamaulipas, el 19 de julio de 1824, fue reincorporado al panteón mexicano en 1838, cuando sus restos fueron trasladados e inhumados en la Catedral Metropolitana. Después, le fue dedicada una estrofa del himno nacional, estrenado en 1854.

Sin embargo, en las siguientes décadas, Iturbide fue nuevamente degradado al papel de traidor. Durante la Convención de Aguascalientes, en 1914, el intelectual zapatista Antonio Díaz Soto y Gama incluso renegó de la bandera tricolor –y se negó a plasmar su firma sobre una de ellas, como símbolo del pacto de todas las fuerzas revolucionarias–, alegando que “ese estandarte al fin de cuentas no es más que la representación del triunfo de la reacción clerical encabezada por Iturbide”.

La facción triunfante de la Revolución Mexicana mantuvo la bandera que nació con el Plan de Iguala, pero impuso un castigo de silencio para Iturbide, quien fue desplazado por Vicente Guerrero como figura central de la Consumación de la Independencia.

Esto llegó a un clímax en 1928 cuando, luego del asesinato de Álvaro Obregón, se cambió oficialmente el nombre de San José Iturbide y se le puso el del militar sonorense. La afrenta para sus habitantes duró dos décadas, hasta que el 21 de septiembre de 1948, el Congreso de Guanajuato la revirtió.

Con motivo del bicentenario de la Consumación de la Independencia que se conmemorará el próximo lunes –en el 238 aniversario del nacimiento del efímero emperador–, no parece que su figura vaya a tener reconocimiento oficial alguno.

“A los mexicanos nos importa más el iniciador, el cura Hidalgo, que Iturbide, el consumador, porque el cura era defensor del pueblo raso y el general realista representaba a la élite, a los de arriba, y sólo buscaba ponerse la diadema imperial”, dijo el presidente Andrés Manuel López Obrador –muy en el espíritu de Díaz Soto y Gama– en su discurso del pasado 16 de septiembre en el Zócalo.

En realidad, los mexicanos no tendríamos por qué elegir entre uno y otro, sino conocer a esos dos personajes históricos, igual que a tantos más, con sus aciertos y sus errores.

Porque así como Iturbide se ciñó la corona en un país naciente que huía del absolutismo, Hidalgo fue el facilitador de masacres espantosas y Guerrero inauguró los fraudes electorales que tanto hemos padecido. Pero la historia la hacen los hombres, no ángeles ni demonios.

Fuente Excelsior