México-España

Pascal Beltrán del Río

“Va a ayudar a que se restablezcan  por completo y en muy buenos términos las relaciones con España”, comentó el presidente Andrés Manuel López Obrador al dar a conocer, el sábado pasado, que había pedido al gobernador saliente de Sinaloa, Quirino Ordaz Coppel, que fuera el nuevo embajador de México en Madrid.

El anuncio sorprendió a más de uno. Primero, porque la actual embajadora en España, Carmen Oñate, tiene apenas 13 meses en el cargo, tiempo insuficiente para aclimatarse en la nueva responsabilidad. Los primeros representantes en Madrid nombrados por los tres presidentes que antecedieron a López Obrador duraron entre cuatro y seis años. Mover tan rápido a la actual representante implicará un gasto adicional por parte de un gobierno que pregona la austeridad.

Segundo, porque Ordaz es un gobernador que formalmente milita en un partido de oposición, y cuando lo mismo llegó a suceder en sexenios anteriores, como en los de Carlos Salinas de Gortari y Vicente Fox –con los perredistas Ignacio Castillo Mena y Ricardo Pascoe, respectivamente–, la izquierda de la que proviene el hoy Presidente tuvo duras críticas para esas invitaciones.

Tercero, por la forma. No se ha pedido el beneplácito al gobierno español para el embajador designado, según me confirmó una fuente diplomática. Y, desde luego, no se ha otorgado. Por lo mismo, la noticia coloca en una situación incómoda al otro país: aceptar o denegar cuando la información ya se ha hecho pública.

Cuarto, por los antecedentes de Ordaz como gobernador de Sinaloa, que lo harán blanco de muchas preguntas por parte de la incisiva prensa española, entre ellas qué tanto supo del Culiacanazo –que está a punto de cumplir dos años–, del saludo presidencial a la madre de Joaquín El Chapo Guzmán y la presunta intervención del narcotráfico en las elecciones del pasado 6 de junio en el estado.

Quinto, por los comentarios del Presidente sobre el restablecimiento de la relación bilateral, pues ésta no se encontraba deteriorada hasta que el presidente López Obrador demandó de la Corona española que ofreciera disculpas por la Conquista ocurrida hace 500 años.

Sexto, porque parece una manera de enmendar la plana al canciller Marcelo Ebrard, quien tomó la decisión de que Oñate ocupara la embajada y tuvo que enfrentar una tormenta, dentro y fuera del gobierno, por el despido del representante cultural en España, el escritor Jorge F. Hernández, y su frustrado reemplazo por la también escritora Brenda Lozano.

Ayer, en su conferencia mañanera, López Obrador comentó las críticas que surgieron en el PRI y la Alianza Va por México respecto del anuncio de la designación de Ordaz, que aún tendrá que ser avalada por el Senado.

“No le estamos pidiendo que renuncie a su militancia”, se justificó el Presidente, quien, apenas días antes, al hablar del nombramiento de Brenda Lozano afirmó que no era posible que alguien que no estuviera de acuerdo con “nuestro movimiento” representara al país en el extranjero. O sea, ¿cómo?

Más que contribuir a “restablecer las relaciones” –que no estaban rotas, aunque sí deterioradas por muchos señalamientos contra las empresas españolas–, el anuncio no parece que vaya a contribuir mucho a sanar las heridas. Lo sabremos con certeza por el tiempo que se tome el gobierno del presidente socialista Pedro Sánchez para dar su beneplácito a una decisión que, pasando por encima del protocolo diplomático, ya se hizo pública.

A diferencia de hace un siglo, cuando, unos días antes del centenario de la Consumación de la Independencia, se hermanaron los dos países con la inauguración del Parque España en la capital mexicana, el bicentenario llega en medio de una relación agria.

Si, pese a todo, Ordaz aterriza en la sede diplomática de Carrera de San Jerónimo 46, quizá se vuelva el más polémico de los embajadores de México en Madrid desde que un expresidente con el que comparte un apellido ocupó efímeramente el mismo puesto en 1977, año del restablecimiento –ése sí– de las relaciones entre los dos países.

Fuente: Excelsior