La corcholata

Inventada por el ingeniero mecánico estadunidense William Painter en 1891, la corcholata —crown cap, en inglés— hizo posible el auge de la industria de las bebidas. Antes de su existencia, las botellas de cerveza llevaban un tapón, como el de la sidra o el champán, lo cual hacía imposible apilarlas de forma vertical.

“Se cuenta que tras construir su compañía y dado que había algunos cientos de monturas metálicas buscando una oportunidad en la industria envasadora, Painter organizó una demostración para convencer a los empresarios de que la suya era la más eficaz de las soluciones. Convocó a una reunión en la que públicamente embotelló una cerveza, misma que envió en una diligencia de ida y vuelta hasta Sudamérica. Unos meses después, cuando la botella estaba de regreso, la destapó frente a todos. La cerveza conservaba la consistencia y sabor con la que había sido producida. Fue gracias a esta maniobra mercadológica que el tapón corona de Painter se consolidó como el estándar del mercado” (La corcholata: emblema del capitalismo, por Sandra Bermúdez, septiembre de 2013).

En su conferencia mañanera de ayer, en Villahermosa, sin pregunta específica de por medio y a punto de irse a desayunar con chanchamitos y empanadas de pejelagarto, Andrés Manuel López Obrador se refirió a la candidatura que su movimiento político presentará en 2024 para sucederlo en la Presidencia de la República.

“Hay muchos, mujeres y hombres, para el relevo, hay muchos. Todos, los que están en el gabinete, gobernadores, todos tienen posibilidad, dirigentes parlamentarios, todos, todos, tienen posibilidad, ahora sí que ya no hay tapados”, dijo.

Y agregó: “Yo soy el destapador y mi corcholata favorita va a ser la del pueblo, esa es la regla, la gente va a decidir en su momento en forma libre, democrática, quién debe representarnos en lo que corresponde al movimiento progresista, liberal, con dimensión social, pero eso en su momento”.

Una de esas corcholatas, pues, trae premio. Como aquellas que coleccionaban los niños de mi generación.

En las semanas previas al Mundial de Futbol de 1978 tomé una gran cantidad de refrescos, intentando juntar las fotos de los jugadores de la Selección Mexicana —aquella que perdería sus tres partidos—, que aparecían en el reverso de la corcholata. Pronto me di cuenta de que tardaría demasiado en tener la alineación completa, así que fui a negociar con el tendero de la esquina para que me guardara las que los clientes abandonaban en la tina metálica después de destapar la bebida. Conseguí la última que me faltaba, la del portero Pilar Reyes, la víspera del partido contra Túnez, aquel que supuestamente íbamos a ganar para después sacarle un empate a Alemania y otro a Polonia. Mientras mi padre daba vueltas a la perilla de la televisión blanco y negro y orientaba la antena, coloqué las once corcholatas sobre un paño verde, cada una en su posición. Apenas sonó el silbatazo final en Rosario, tomé las corcholatas y las lancé por la ventana del departamento, muy enojado. Todos los días me asomaba para ver si seguían ahí, pensando que para otro niño adquirirían el valor que habían perdido para mí. Pero no, permanecieron largo tiempo en la banqueta, hasta que las pisadas de los transeúntes y el paso de la bicicleta del afilador dejaron irreconocibles los retratos de Leonardo Cuéllar y compañía.

“Aviéntate, corcholata, al fin que ni premio traes”, reza un dicho mexicano que sugiere apuntarse para recibir algo aunque se carezca de méritos o posibilidades. La lógica es que lo peor que puede pasar es terminar, como muchas otras, pateada al arroyo vehicular e incrustada en el asfalto.

Sin premio, la corcholata —palabra muy mexicana— no es más que la barrera para disfrutar del contenido de la botella. A veces se hace del rogar, pero al final salta, porque, incluso a falta de destapador, hay quien la saca usando como palanca un encendedor, el cerradero de una puerta, la esquina de un mueble y hasta los dientes.

La Corcholata es la fichera que protagonizó Carmen Salinas en Bellas de Noche, apodada así porque cuando no estaba pegada en la botella, andaba por los suelos.

La corcholata es el pasado, cuando mucho el presente, pues su sobrevivencia ha sido puesta en duda por la taparrosca.

Fuente: Excelsior