El acuerdo nos hizo libres

PASCAL BELTRÁN DEL RÍO

25 de Septiembre de 2020

Dentro de un año México estará conmemorando el bicentenario de la consumación de su independencia. Contra lo que se enseña en la historia simplificada del país, el proceso que lo llevó a escindirse del imperio español no fue lineal.

Para 1820, la insurrección iniciada por Miguel Hidalgo y continuada por José María Morelos estaba virtualmente extinguida y en la Nueva España sólo quedaban algunos focos de sublevación, marcadamente la resistencia encabezada por Vicente Guerrero en la sierra sur.

Lo que daría un nuevo impulso al independentismo fue el inicio, en España, del llamado Trienio Liberal, en marzo de ese año, cuando el levantamiento del coronel Rafael del Riego obligó al rey Fernando VII a acatar la Constitución de Cádiz.

En México, el virrey Juan José Ruiz de Apodaca y la Real Audiencia se vieron obligados a jurar la Constitución. A consecuencia de ello, la oligarquía criolla comenzó a temer por su seguridad y urdió un plan para separarse de España. El virrey, por conveniencia, decidió secundarlo.

Se pensaba que para sacarlo adelante hacía falta acabar con los remanentes de la insurrección popular. En noviembre de 1820, De Apodaca destituyó a José Gabriel de Armijo, quien estaba al frente de las operaciones contra las fuerzas de Guerrero, y en su lugar designó a Agustín de Iturbide, un oficial realista que se había batido con los insurgentes hasta que en 1816 fue destituido por el virrey Félix María Calleja, acusado de malversación de fondos y abuso de autoridad.

Cuatro años había permanecido inactivo Iturbide hasta que lo llamaron al relevo de De Armijo, quien se había mostrado incapaz de sofocar la rebelión de Guerrero. Éste lo había derrotado en la batalla del cerro de Barrabás, cerca de Zirándaro, en 1818.

El 16 de noviembre de 1820, Iturbide salió a combatir a Guerrero. Estaba convencido de que su victoria sería rápida, pues había recibido todos los refuerzos que solicitó. Sin embargo, entre diciembre de 1820 y enero de 1821 sufrió una serie de derrotas que lo llevaron a pesar en un plan alterno.

“En razón de esa resistencia física ‒escribió el historiador oaxaqueño Carlos María de Bustamante, en su Cuadro histórico de la Revolución Mexicana (1843)‒, Iturbide procuró multiplicar su diligencia para hacer entrar en sus ideas a Guerrero y (Pedro) Ascencio, caudillos principales que no podían menos que verlo con horror y recelo”.

Fue entonces que Iturbide escribió a Guerrero para proponerle hacer juntos la independencia. El resultado final del intercambio epistolar fue el episodio conocido como el Abrazo de Acatempan, el 10 de febrero de 1821. Metafórico, según Lucas Alamán, o real, según Lorenzo de Zavala, el encuentro de los dos personajes terminó en el Plan de Iguala, que Iturbide ya había imaginado antes de adentrarse en las montañas.

La independencia de México fue la consecuencia de un pacto entre partes que, teniendo intereses distintos, se habían hecho la guerra, pero al final se convencieron de que aniquilar al enemigo no sería sólo complicado, sino inconveniente para el bien general.

Las tragedias de la historia nacional han sido provocadas por quienes han tenido el instinto contrario: imponer su voluntad. Por desgracia, eso comenzó muy pronto después de la independencia ‒con el conflicto derivado de la elección presidencial de 1828‒ y nos condujo a crisis económicas, intervenciones extranjeras y la pérdida de territorio.

Los momentos más luminosos del país se han fundado en el acuerdo de bandos enfrentados, como el que dio origen al IFE autónomo hace un cuarto de siglo. Los peores han ido de la mano de los líderes iluminados que sienten que poseen la verdad, que no escuchan las razones de quienes piensan distinto y deciden no compartir el poder con nadie.