Los muralistas mexicanos que revolucionaron el arte estadounidense


 

La historia podría empezar por el final, en la última sala de la exposición que el Whitney dedica a la influencia mexicana en la pintura estadounidense entre 1925 y 1945. Está presidida por una reproducción de El hombre controlador del universo, el mural que Nelson Rockefeller encargó a Diego Rivera, antes de destruirlo al descubrir que el pintor había introducido una inoportuna adenda en forma de retrato de Lenin en la fase final de su ejecución, como demuestran dos bosquejos de 1933 prestados por el Museo Anahuacalli, reflejo de un proyecto original mucho menos escandaloso. Presenciar esa copia alterada que el mismo Rivera pintó en el Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana nos recuerda una obviedad: que el máximo exponente del tropismo muralista en territorio estadounidense es, en realidad, una obra desaparecida.

De la misma manera, el rastro de los pintores mexicanos en el relato oficial sobre el paso a la modernidad pictórica en Estados Unidos se ha ido volviendo invisible. La muestra aspira a revertir esa situación. Su tesis es que, sin esos murales, el arte estadounidense habría seguido estancado en el academicismo decimonónico. Y que, sin el poderoso influjo de José Clemente Orozco o David Alfaro Siqueiros, Jackson Pollock nunca habría llegado a pintar sus drip paintings en la posguerra. La exposición aspira a “reorientar o incluso reescribir la historia del arte” —en palabras de su comisaria, Barbara Haskell, autoridad en materia de expresionismo abstracto y otras escuelas del siglo XX— para desvincular el arte estadounidense de la primacía de las vanguardias europeas y acercarlo a la frontera sur, en el marco del reequilibrio del canon operado por los museos del país con una mezcla de convicción y relativo oportunismo.

El recorrido arranca con una evocación de los tropos más trillados del arte posrevolucionario en México —esa flora tropical, ese sincretismo indígena—, pero no tarda en escoger otros focos de interés. El principal es el proceso de politización del arte estadounidense, que vio en las propuestas del muralismo un modelo conveniente a imitar. En el fondo, los dos países tenían mucho en común: aspiraban a encontrar un estilo propio, alejado de los dictados del viejo mundo, para reforzar su especificidad cultural y su cohesión social, de la que ambos iban bastante necesitados. La muestra enuncia una teoría intrépida: que los muralistas tuvieron “una influencia más profunda y penetrante” que la Escuela de París, en palabras de Haskell. Si la historia no ha retenido sus nombres, es solo por el clima político de la posguerra, cuando el macartismo impidió que se siguiera adulando a viejos pintores foráneos y comunistas.

fuente: ElPaís