El largo adiós de la Policía Federal

Razones

JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZ

 

 

 

 

07 de Octubre de 2019

Resulta casi inverosímil que siga sin resolver el grave conflicto que se ha creado con la disolución de la Policía Federal y su incorporación a la Guardia Nacional. Un alto porcentaje de los integrantes de la PF no quieren hacerlo porque consideran que no serán respetados sus derechos laborales, pero también porque, desde lo más alto del poder, cuando se anunció la disolución de la primera y la creación de la segunda, se demeritó, insultó, calificó de corruptos y corrompidos a los policías federales y a la institución que los nucleaba.

Debe haber sido más doloroso aún porque esos juicios eran falsos: la Policía Federal ha sido el único instrumento del aparato de seguridad del Estado que se creó prácticamente desde cero, que tuvo avances notables y grandes capacidades operativas. La Policía Federal llegó a tener 60 mil elementos, desarrolló importantes unidades de inteligencia, informática, forense, tiene elementos de élite, formados en las mejores instituciones de seguridad y policía del mundo, tenía reconocimiento internacional y una aceptación entre la población de 64 por ciento.

Entiendo cuál es la lógica de crear la Guardia Nacional. La idea es que la Guardia sea una suerte de superestructura que cubra el territorio por encima de las policías locales y municipales, con tareas territoriales muy definidas y capacidad de operación y coordinación claras, siendo así una suerte de punto de unión entre fuerzas de seguridad civiles y militares. Está muy bien, el error es haber querido desaparecer de un plumazo la Policía Federal en la forma en lo que se hizo y peor aún en el contexto descalificador que se impulsó.

No había impedimento alguno para que la Policía Federal pudiera seguir funcionando como la instancia integradora de las distintas divisiones que existen en el área de seguridad y que no son parte de la Guardia Nacional, y luego se podrían ir integrando progresivamente ambos cuerpos. No se hizo así, primero por el desconocimiento que existía en la nueva administración de algunos aspectos básicos de la operación de seguridad y del funcionamiento real de esas instituciones, desde el Ejército y la Marina hasta las policías locales, segundo, por esa convicción patológica de que todo lo que se creó en el pasado reciente está corrompido y debe ser aniquilado, desde la Policía Federal hasta las estancias infantiles.

Tercero, porque la decisión de crear la Guardia Nacional no estuvo acompañada por una verdadera estrategia global de seguridad: ¿para qué se creaba la GN?, ¿qué espacios ocuparía?, ¿cómo se podía acoplar a ello la Policía Federal?, ¿qué hacer con las policías estatales y municipales que tienen unos 360 mil elementos?, ¿cuál es la estrategia integradora de todo ese andamiaje, que podrá estar muy maltrecho, pero sin el cual no se puede pensar en recuperar la seguridad?

En el camino, la Guardia Nacional no termina (no puede hacerlo en tan corto tiempo) de consolidarse y, además, ha tenido que distraer nada menos que 27 mil de sus elementos en el cuidado de las fronteras; la Policía Federal ya no existe como tal, pero todavía ahí está, y buena parte de sus elementos están literalmente sublevados; nuestros soldados y marinos se están haciendo cargo de una enorme carga de trabajo y lo hacen sin una adecuada protección institucional, incluso cuando son agredidos; la estrategia federal antidrogas nadie la conoce y pareciera que se basa en dejar hacer, dejar pasar; la inteligencia parece estar dirigida a golpear a adversarios políticos del pasado mucho más que a los delincuentes de hoy y mañana; la colaboración de inteligencia con las grandes agencias internacionales está detenida (el caso de los delincuentes israelíes en plaza Artz es una evidencia clara de ello).

Una buena demostración de cómo se puede rectificar en este ámbito la acabamos de ver en la ciudad de México. La salida de Jesús Orta, un buen y honesto funcionario, pero pésimo jefe de Policía, trajo la designación de Omar García Harfuch, un joven policía de formación, sin duda el mejor de su generación, con capacidades comprobadas en el ámbito operativo, de inteligencia y de coordinación con otras fuerzas, que quiere modificar la forma de operación de la policía capitalina (la más grande del país) apostando a la inteligencia y la coordinación.

El nuevo secretario de Seguridad capitalino es uno de esos hombres que se formaron a un altísimo nivel en la Policía Federal, con una sólida relación, incluso familiar, con el ámbito castrense. Sabe qué se debe hacer y cómo hacerlo. No es el único, hay muchos que pueden y deben ser incorporados a una estrategia de seguridad que debe ser revisada desde la base hasta la cúspide.

 

Fuente Excelsior