Presidentes e influencers

Nudo gordiano

YURIRIA SIERRA

 

 

 

México, China, Canadá, Cuba, Venezuela… quien sea el enemigo en turno, está siempre pendiente de lo que Trump publica.

 

 

 

 

22 de Junio de 2019

Un presidente que tiene más de un millón de suscriptores en YouTube. Otro al que siguen más de 60 millones de personas en Twitter. Uno más que da órdenes en esta misma red social. Sólo uno de ellos tiene menos de 40 años, pero se ha confesado admirador del mandatario que hoy se puede considerar youtuber  (personaje célebre, con influencia en la plataforma de videos). Son Andrés Manuel López ObradorDonald Trump y Nayib Bukele. Los jefes de Estado en México, EU y El Salvador, que han encontrado la manera de hacer de éstas, las redes sociales, parte de su estilo de gobernar, un vehículo de comunicación que muchas veces se coloca como la vía más efectiva para transmitir un mensaje, una amenaza o avisar de un despido.

Pocos son los mandatarios que logran hacer que un tuit dé la vuelta al planeta entero y se tomen como los mensajes que estábamos acostumbrados a escuchar sólo en una rueda de prensa, a leerlo en un boletín oficial. Donald Trump aseguró hace un par de días, que Irán cometió un error al derribar un dron estadunidense, por ejemplo. Una matizada amenaza de guerra vía Twitter. México, China, Canadá, Cuba, Venezuela… quien sea el enemigo en turno, está siempre pendiente de lo que Trump publica, pues su humor cambia de un día a otro y es a través de Twitter que podemos intuirlo.

Nayib Bukele acumuló más de 400 despidos y cambios de puesto de funcionarios en sus primeros días como presidente de El Salvador. A su poca ortodoxa manera de dirigirse a su equipo, se le agrega la completa sumisión de éste, que acata de inmediato las órdenes.

Podrá o no gustarnos esta manera de dirigirse a un país, a los integrantes de un Estado, pero lo cierto es que esto es en parte a que nos hemos acostumbrados a las vías tradicionales del ejercicio del poder. López Obrador, incluso abrió su perfil en Spotify, y aunque muchos dudamos de la utilidad de tener disponibles los audios de sus conferencias, ahí siguen y se seguirán acumulando. En su cuenta de Twitter lo mismo sube sus actividades que efemérides que poco tienen que ver con la coyuntura, pero que manifiestan su gusto por la Historia de México. Donald Trump lo mismo da RTs a sátiras que ridiculizan a sus adversarios, que reportes que lo retratan como el presidente que cree ser. Amenaza, reta y hace enemigos a la velocidad de un tuit. Bukele aprovecha el reflector tuitero para bromear y responder a sus seguidores. “Eso me pasa por decirle cabecita de algodón…”, expresó luego de que se viralizara el momento en que López Obradoraccidentalmente lo golpeó en la barba en su encuentro Tapachula, Chiapas. O por mostrarle cómo gobierna con “puño de hierro”, según bromeó.

Mucho se han atrevido. Han decido probar, tomar lo que está en el aire, entender los dignos y las herramientas de los tiempos. Aunque poco entendamos de ello, estamos obligados todos a entender que la palabra ha mudado de plaza, de megáfono y de estilo. Y obligados a la renovación de perspectivas y la generación de nuevas maneras de hacer las cosas. Gobernar, un ejemplo. Comunicar, uno más.

Entrar a un siglo XXI que mucho se anunció, después de 19 años, nos está obligando a salirnos de nuestra zona de confort, de lo que teníamos asimilado como protocolos, como formas únicas de expresión. Seguiremos con esos huecos en la panza cada que veamos otro despido en El Salvador, o cuando López Obrador se una a otra red social que sirva para difundir sus mensajes, pero también debemos darnos tiempo para buscar ese cruce que hace que el ser presidente sea tan importante como el ser influencer, ¿o por qué a ellos les importa tanto verse como tales?