¿Por qué tantos defienden ambos desastres?

Economía sin lágrimas

Ángel Verdugo

 

 

En días recientes hemos visto dos espectáculos que mueven, por decir lo menos, a risa. Uno de ellos tiene que ver con la educación que imparte el Estado y el otro, con ese cadáver insepulto que es Pemex.

El primero de los dos espectáculos evidenció, una vez más —por si hiciere falta—, la cobardía característica de nuestra clase política, la cual, sin límite alguno, se traduce en la renuencia a enfrentar problemas fundamentales del país, y a diseñar sus soluciones y aplicarlas con la obligada voluntad política. Por ello, las más de las veces se recurre al viejo y desgastado recurso de la aprobación o abrogación de una ley, según fuere el caso, o a la reforma de alguna vigente porque, ¡necios que somos!, pensamos que un problema se resuelve con la simple aprobación, derogación o reforma de una ley.

Esto es lo que hemos visto con la reforma a la reforma educativa, aprobada ésta en el gobierno anterior; la sumisión actual del Estado ante los grupos delincuenciales como la CNTE, la CETEG y la Sección 22 llevó al actual gobierno y a quien lo encabeza, secundado por los grupos parlamentarios de su partido en ambas Cámaras del Congreso de la Unión, a despojar a lo legislado, de algunos de los elementos clave cuyo fin era, no otro que sentar las bases de una mejor educación pública.

La educación que imparte el Estado mexicano es —en los tiempos que corren—, posiblemente, de las peores que gobierno alguno imparte en el planeta; las pruebas internacionales demuestran, sin dejar espacio para la menor duda, que los niveles de aprovechamiento de quienes estudian en las escuelas públicas mexicanas en los primeros niveles educativos se encuentran entre los peores que mente alguna pudo imaginar.

Ante esta realidad, sorprende que nuestro sistema de educación pública —que es un verdadero desastre—, ¡vaya contradicción!, tenga tantos defensores. Por razones que van de lo mágico a lo ignoto, prácticamente todo mexicano digno de ese gentilicio es, a querer y no, un defensor de la educación pública.

¿Qué explica entonces lo que es, a todas luces, un despropósito y por qué, con tanto defensor, la educación que imparte el Estado es un desastre?

Lo antes dicho vale también, aunque parezca un despropósito, para ese cadáver insepulto que es Pemex. El segundo espectáculo visto ha evidenciado —como en el de la educación pública— una defensa carente de toda lógica de lo que es, sin duda alguna, un completo desastre.

Por si no bastare, Pemex es la mejor evidencia de lo que somos capaces cuando la avidez por apropiarnos de los recursos del erario nos domina y también, ¿por qué negarlo u ocultarlo?, cuando nos proponemos —sin reparar en valor ético alguno— poner por encima de todo y de todos, la más profunda y ofensiva corrupción.

Hoy, lo aceptemos o no, Pemex es un desastre y un pozo de corrupción inagotable; ¿por qué entonces tantos lo defienden y hacen afirmaciones alejadas de su tragedia?

Raro país es el nuestro; de locos diría. Reniega de lo poco que hemos hecho bien y, por el contrario, idolatra, defiende y aplaude los más grandes desastres que concretamos: la educación pública y Pemex.