No fallarles

 

 

Nudo gordiano

Yuriria Sierra

15 de Mayo de 2019

Lo habrá dicho en más de una ocasión. Quedó para la historia una de esas veces: a una multitud con mirada llena de miedo y esperanza le aseguró que su movimiento era distinto. Que no creyeran nada de lo que sus detractores advertían: no quería el poder para destruir hogares, porque eso es lo que ya habían hecho antes, por años, sus enemigos. De eso venía a salvarlos; porque tampoco era esa rueda que avanza sobre los pobres sólo para beneficiar a las élites; que la justicia ahora sí vendría en camino. Fue el comienzo de un discurso que mucho le redituó, años, largos años en los que caminó por todos los territorios que le abrieron sus puertas. Logró que grupos otrora aliados de sus adversarios le dieran su apoyo. Acaso porque su creciente ascendencia entre las multitudes era ya evidente. Con la promesa de que los nuevos tiempos serían mejores para todos. Hordas, multitudes enteras celebraron su llegada, que no detuvo a pesar de las derrotas; le aplaudieron que, ahora sí, tendrían su lugar aquellos históricamente tan olvidados. Y así inició el camino hacia la libertad y la justicia: a la cabeza de un grupo que terminó contándose por miles, de los cuatro puntos cardinales, de todos los sectores. Todos con representación en el grupo más cercano, ése que se reunía en la toma de decisiones. La guerra contra los responsables de todos los males fue declarada, prometió la victoria.

Sin embargo, algo cambió una vez que entendió el alcance de su poder. Una vez que notó que casi brotaba de sus manos, que para sus deseos no era necesario recular, sopesar, conceder —o al menos, escuchar otras voces—. Se asentaron los oídos sordos. Hoy parece desoír a todos aquellos que están en desacuerdo con una, con varias o con todas sus decisiones. Voces que resultan contrarias a sus planes, a su visión del porvenir. No importa si el “ruido” trae detrás suyo un consejo, una sugerencia, una certeza absoluta o hasta un acto de mínima humanidad. Los asesores no existen: existen los incondicionales, los partidarios, los apóstoles, los creyentes y los garantes del ejército propio. No hay voz, producto de la sensatez, de las buenas intenciones, de la experiencia o de la inteligencia misma, que valga si ésta se opone a su capricho o su determinación. Y que lo sepan, que tengan claro que cualquier disenso será percibido como una traición, incluso bajo el riesgo de que todas las voces callen, porque el miedo termina por ser mayor, incluso, que el sentido común. Porque prometió “no fallarles”

Y porque nadie sabe, nadie conoce, nadie entiende la visión del poder y su sentido verdadero. Nadie sabe cómo y para qué se rompen las cadenas, nadie comprende a cabalidad el horizonte que dibuja el mañana ni la responsabilidad que entraña convertirse en quien fue capaz de llamar a las cosas por su nombre y arriesgarlo todo —hasta la vida— para salvar a un pueblo inmaculado de la indignidad a la que ha sido sometido por años. Porque nadie tiene el arrojo de enfrentarse a mafias de toda índole, a dinastías que se asumen dueñas del pasado, el presente y el futuro, a hombres y mujeres que siempre lo han tenido todo y justamente por ello son incapaces de entender —y mucho menos dirigir al mundo—. Porque sólo el dolor, la carencia, la resistencia y la resiliencia aportan la sabiduría necesaria para tocar a las puertas del futuro. Porque nadie más toca el cielo, porque nadie más tiene alas, porque nadie más conoce y domina el poder del fuego.

Por eso, ella, y nadie más. Al menos en su propia cosmovisión de la realidad. Por eso solamente Daenerys puede ocupar el Trono. Porque prometió “no fallarles”. Solamente Daenerys puede. Claro, según Daenerys…

¿O en quién pensaban?

Fuente: Excelsior