Nueva Zelanda y Brasil

Nudo gordiano

YURIRIA SIERRA

 

Dos jóvenes brasileños atentaron contra estudiantes y profesores. Trascendió que uno de ellos era militante de Bolsonaro

 

 

 

 

 

16 de Marzo de 2019

“No crees que sea algo que suceda en Nueva Zelanda, en Christchurch, en todos los lugares, somos una comunidad tan pequeña, somos tan amables y cariñosos. Así que no entiendo por qué alguien nos lastimaría de esta manera, como un animal. ¿Por qué nos trata así? No hemos hecho nada, no les hemos hecho nada…” , lo cuenta Yasmin, una habitante de esa ciudad de poco menos de 400 mil habitantes y que tuvo, con toda seguridad, el viernes más violento de su historia.

De Nueva Zelanda nos enteramos poco. Lo que desde este país ha hecho eco en los últimos años son sus avances en cuestiones de derechos humanos y equidad. Apenas hace unas semanas el Índice de Libertad en el Mundo 2019, elaborado por la organización estadunidense Freedom House, colocó a este país como el séptimo en su rango de los territorios en que mejor se vive. El estudio analiza aspectos como derechos políticos y libertades civiles. Nueva Zelanda es un país que no arroja escándalos, acaso sólo nos presume –sin intención– a su primera ministra, hoy de 38 años, que se convirtió en la jefa de gobierno más joven en asumir el cargo, lo hizo tras cumplir 37; meses después, y a contracorriente, se tomó un espacio para dar a luz, pero regresó a ejercer de inmediato; otra ministra de su equipo, tomó su bicicleta para trasladarse al hospital, también para tener a su bebé. Ése es Nueva Zelanda, eso es lo que, hasta el jueves por la noche (hora de México), sabíamos de este país garante de libertades no sólo para sus ciudadanos, sino para los más del millón y medio de refugiados que se contaban en este país en 2017, y quienes llegaron ahí con esperanza de una nueva vida tras huir de entornos de violencia.

Y justo esta primera ministra, Jacinda Ardern, salió a dar un mensaje a su país que hizo eco en el mundo, aunque esta vez de manera distinta: “Claramente, éste es uno de los días más oscuros de Nueva Zelanda (…) Muchos de los que esta mañana se han visto directamente afectados por este tiroteo pueden ser inmigrantes en Nueva Zelanda. Pueden ser incluso refugiados, que han elegido Nueva Zelanda como su hogar. Porque éste es su hogar…”. El desarrollo neozelandés, al parecer, no fue suficiente para impedir la germinación del odio racial. Los hechos que conocemos ya todos: dos mezquitas fueron blanco de una masacre que al momento cuenta 49 muertos y más de 40 heridos; el atentado fue transmitido en vivo por Facebook; el agresor, Brenton Tarrant, un australiano que horas previas a la agresión compartió un manifiesto llamado “El gran reemplazo”, un documento que se ha distribuido en internet en los últimos años, y que es una suerte de conspiración sobre la supuesta extinción de pueblos europeos por la llegada de migrantes. Tarrant, en el video que ya fue eliminado de redes sociales, afirmaba también ser seguidor de Donald Trump. No hay que echarle mucha cabeza para entender por qué.

Un par de días antes, y a miles de kilómetros de distancia, otra masacre. En Brasil, dos jóvenes entraron a una escuela y atentaron contra los estudiantes y profesores. Se suicidaron tras la agresión. Trascendió que uno de ellos, de 25 años, era militante de Jair Bolsonaro. Y justo este presidente, un día después de los hechos, aseguró que no se sentía seguro y que, por ello, dormía con un arma junto a su cama. El mandatario brasileño, luego de tomar protesta en enero pasado, firmó un decreto con el que flexibilizó la venta de armas. Sabemos que Bolsonaro, el Trump sudamericano, impulsa ideas como el exterminio de criminales. Otra de sus acciones inmediatas fue sacar a Brasil del Pacto de Migración de la ONU y el endurecimiento del proceso para otorgar asilo.

Tres ataques. Dos países. Distinto protocolo. Diferentes reacciones. Más de 50 muertos en total. Todo en menos de 72 horas. Y el centro del debate es el mismo para ambos casos: el discurso supremacista se empodera velozmente; la teoría del odio que escuchamos cada vez con más frecuencia alimenta una xenofobia que tendríamos que ya haber dejado atrás.

Lo de Nueva Zelanda fue inaudito, lo de Brasil es abominable cuando pensamos que ese discurso germinó en un joven de 17 años, uno de los agresores. Qué espanto el mundo en que habitamos.

Fuente Excélsiorn