Sin luz

Nudo gordiano

YURIRIA SIERRA

 

 

 

 

13 de Marzo de 2019

Rehenes. Así se encuentran millones de venezolanos. Y ya no sólo por la permanencia de un régimen que se aferra al Palacio de Miraflores, sino porque, además, ahora son blanco de una de las manipulaciones más atroces que hemos visto en tiempos modernos. Un pueblo blanco de una sumisión, una extorsión en la que ya hablamos de miles de vidas en riesgo, en la que ya contamos otras que se han perdido. Registros dicen que son 21 fallecimientos, datos extraoficiales hablan de 230 tan sólo en cuatro días. La crisis venezolana dejó de ser política, social… ahora subraya el tema humanitario, y su agudeza llegó sin la utilización de una sola arma, sólo la vileza de quien aún puede tomar decisiones y actuar en consecuencia.

Ya son seis días del apagón masivo en que ciudadanos no han podido acceder a los servicios más elementales. ¿Cuánta de nuestra cotidianidad depende del suministro eléctrico? Pensémoslo un momento. Por ejemplo, los mayores de 30 conocemos la vida sin internet, pero ahora no podemos imaginarnos cómo sería vivir, de nuevo, sin éste. Más allá del uso lúdico y de las ventajas en cuanto a comunicación, internet es hoy la gran plataforma en la que se soportan muchos servicios que antes se resolvían in situ, directamente en una ventanilla bancaria o con la presencia rigurosa de un representante. Hoy, la vida con internet es mucho más sencilla y esta dinámica de inmediatez llegó hace treinta años a un público masivo. Su uso es un tema de funcionalidad y eficacia.

Y si esto pensamos del internet, con más fuerza defendemos un servicio como la energía eléctrica, que hace que la world wide web funcione y esté presente en millones de hogares en todo el mundo. Más que eso, el suministro eléctrico permite, por ejemplo, el uso de cámaras de refrigeración, lo mismo dentro de un hospital que en un restaurante, donde lo mismo se almacena sangre para donaciones que muestras de laboratorio para precisar un diagnóstico o una investigación o perecederos para pacientes, estudiantes o la clientela recurrente de un restaurante. También permite que estén activas las cámaras de seguridad dentro de instituciones financieras, centros de reclusión o en las calles de una ciudad.

En un país como Venezuela, sin luz no hay internet, ni siquiera para denunciar lo que ocurre. Miles de personas luchan para que una economía con hiperinflación les alcance para vivir y también para que aquello que ganan les dé oportunidad de adquirir alimento en condiciones óptimas. Si a Nicolás Maduro le enoja ver a otros venezolanos buscando alimento en la basura, ¿cuánta incomodidad la causará ver a otros recoger baldes de agua del insalubre río Guaire porque la falta de luz no llevó líquido a sus casas? ¿Qué sensación tendrá al ver a una madre cargar a su hija de 19 años y tan sólo 10 kilos de peso, que murió en sus brazos porque no pudo ser atendida en un hospital por las fallas en la electricidad? Es imposible no ver en esto una crisis humanitaria que urge por una solución. Es indefendible un régimen que prefiere lanzar acusaciones, detener a periodistas como responsables de esta nueva emergencia e iniciar investigaciones contra una oposición que no se ha rendido, que se alimenta de esa esperanza de los venezolanos que, como pueden, empatizan unos con otros. Ayer reportaba en Imagen Noticias cómo un restaurante abrió su cocina para que ciudadanos prepararan sus perecederos antes de que la suspensión del servicio eléctrico provocara que lo almacenado en los refrigeradores se echara a perder; el alimento sirvió para que personas en condiciones de vulnerabilidad tuvieran qué comer. Pero esta no es una situación que podrá mantenerse por mucho tiempo. No sólo por lo principal, lo inhumano, sino también porque los efectos comenzarán a sentirse fuera del país. Ya un pueblo fronterizo en Colombia, Puerto Carreño, reporta afectaciones, pues su electricidad depende del país vecino. Hospitales, escuelas, oficinas, comercios. Tanto depende de la electricidad. Tan sólo en los primeros cuatro días del colapso, una economía tan débil como la venezolana perdió cerca de 16 mil mdp, según cálculos de expertos de aquel país. Nicolás Maduro rebasa ya los límites de la tragedia.