¿Una nueva Constitución?

Corolario

RAÚL CONTRERAS BUSTAMANTE

 

 

 

 

09 de Febrero de 2019

Esta semana se cumplieron 102 años de la promulgación de nuestra Constitución de 1917. Aunque la efeméride pasó casi inadvertida, consideramos de suma importancia conmemorar y reflexionar acerca de la trascendencia que este hecho histórico tiene en nuestra vida social.

La idea filosófica central del constitucionalismo –surgido a partir de finales del Siglo XVIII– es que una Constitución es en esencia un instrumento de control al poder político. La limitación de dicho poder tiene por objetivo la protección de la libertad de nosotros los ciudadanos.

Nuestra Carta Magna es una de las más antiguas en todo el orbe. Ese solo hecho comprueba su eficacia e importancia. En ocasiones se le critica precisamente por su longevidad y por el enorme número de reformas que ha sufrido. Sin embargo, el texto surgido en Querétaro ha destacado por su dinamismo y su enorme capacidad de ajustarse a la compleja realidad que el país ha vivido a lo largo de los años.

México ha multiplicado siete veces el número de los habitantes que tenía en 1917. De 16 millones pasamos a casi 130. Somos un país con una realidad social muy diferente.

En efecto, son múltiples las reformas aprobadas; varias de ellas han sido sólo de forma; algunas innecesarias o demasiado reglamentarias y otras muchas han propiciado cambios sustanciales para el desarrollo político de la nación.

Con todo, nuestra Ley Fundamental constituye un documento excepcional, si se considera que ha podido superar la fragilidad que marcó la vida política de otras democracias latinoamericanas.

Nuestra Constitución ha guiado al pueblo mexicano en sus grandes transformaciones, a lo largo de más de un siglo. Fue determinante para la pacificación del país después de la Revolución y para la construcción de instituciones nacionales firmes.

Desde 1934, en que tomó posesión el general Lázaro Cárdenas, hasta nuestros días, –de manera ininterrumpida– todos los presidentes de la República han terminado sus 6 años de mandato y han entregado el poder a través de procesos electorales. Esto representa un hecho excepcional del resto del continente americano.

A más de un siglo de vida de nuestra Constitución, diferentes actores, desde la academia o desde la política, han planteado la necesidad de hacer un nuevo texto constitucional. Se dice que el actual no ha podido terminar con la pobreza, corrupción e inseguridad. Sin embargo, nuestro pacto social sigue siendo tema de discusión política, académica o ideológica, ni armada ni mediante el uso de la fuerza.

La prueba más reciente de eficacia constitucional fueron las pasadas elecciones presidenciales. Se trató de la elección más grande de nuestra historia, se verificó en un ambiente democrático, y vivimos una sucesión del poder en condiciones de paz y normalidad democrática.

El actual gobierno tiene plenas facultades constitucionales para administrar el país y puede tratar de imprimir su ideario en la propia Carta Magna. Nuestra Constitución demuestra su vigencia y eficacia, cuando comprobamos que sigue siendo la suma de los factores reales de poder, como sugería Ferdinand Lasalle.

Por eso, cuando me preguntan respecto a la conveniencia de tener una nueva Constitución respondo: de acuerdo, pero ¿para establecer qué? Y esa pregunta sigue sin una respuesta clara.

Como Corolario, la frase del gran político francés François Mitterrand: “Una sociedad sólo sobrevive gracias a sus instituciones.”

 Fuente Excélsior