Hoy, el papel del gobierno es otro

Durante los decenios del modelo económico de desarrollo hacia adentro o sustitución de importaciones, bien lo supimos y padecimos, el papel del Estado en aquella economía —cerrada y aislada de las grandes corrientes del comercio internacional—era mantener una participación muy activa y su presencia se dejaba sentir, prácticamente, en todos los sectores y actividades. El Estado mexicano era, pues, un participante en la economía que podríamos calificar de omnipotente y omnipresente.

Generaciones de mexicanos fuimos educados en ese modelo de desarrollo con una eficacia tal, que aún hoy hay quienes, en una expresión cercana a la insania, se atreven a afirmar que ese pasado era lo máximo y todavía hoy es el mejor de los futuros al que debemos aspirar. Son vulgares estafadores que quieren hacer pasar viejas y despostilladas cuentas de vidrio, como si fueren brillantes perfectos.

Ellos hablan, en casi todos los casos, como resultado de ignorar la historia económica mexicana, la real, no la inventada; glorifican uno de los periodos más dañinos de nuestra economía. Al hacerlo, se dejan llevar por el mito creado alrededor de un solo indicador, el Producto Interno Bruto y su comportamiento durante los años que dimos en llamar Desarrollo Estabilizador.

Hoy nadie parece darse cuenta que ese modelo fue, en mucho, la causa que explica la debacle a la que debimos enfrentarnos allá por el año 1987. Hoy, pues, temerosos como somos del futuro, preferimos refugiarnos en el pasado y para sostener esa visión que nos seduce y adormece, mitificamos el Desarrollo Estabilizador en vez de estudiarlo con la debida objetividad, dados sus resultados que, hoy, nadie parece querer recordar.

Al cambiar el modelo de desarrollo debió cambiar, obligadamente, el papel que durante decenios jugó en la esfera económica el Estado mexicano: Ya no más presencia omnipresente y omnipotente de aquél que era, además, ineficiente hasta la locura. Dada la debacle de la economía, debido a la obsolescencia del modelo aplicado durante decenios, el Estado debía concentrase en lo verdaderamente suyo, y no ser ya propietario de empresas, y con ello, acabar con su pésima y corrupta administración de ellas.

 En la nueva época que dio comienzo el año 1987 —a partir de la aceptación de la inevitabilidad de la aplicación de un nuevo modelo económico de desarrollo: apertura de la economía e incorporación voluntaria a la globalidad—, debíamos empezar a construir un nuevo Estado en la parte relativa a su participación en la economía. Esto se tradujo, obligados por la debacle de la economía, en una presencia reducida, conservando para desgracia del país y el crecimiento de su economía, dos fondos inagotables de ineficiencia y corrupción: Pemex y CFE.

A la cobardía de la clase política para tomar decisiones impopulares y dolorosas, pero imperativas, se unió su cortedad de miras y la ignorancia de los cambios estructurales profundos registrados en muchos países, en materia económica. Siempre aferrados al pasado, privó la ideología nefasta del nacionalismo revolucionario y el Estado conservó aquéllas dos seudoempresas y los resultados de tan estúpida decisión están a la vista.

Se acepte y entienda o no, hoy el papel del gobierno es muy diferente al que jugó en la economía cerrada del pasado, cuando nos llevó al desastre que hoy somos en no pocas áreas y actividades. Construir ese nuevo Estado y gobierno es lo que hemos venido haciendo desde el año 1987 y los avances están a la vista.

Mucho nos falta por hacer, pero el camino correcto no es regresar al pasado. Por el contrario, debemos perseverar en la visión de futuro que haga posible la existencia de un suelo parejo, que permitiría oportunidades iguales para los agentes económicos privados, sin favoritismos ni distingos.

¿Nos atreveremos o nos rendiremos ante los adoradores del pasado?

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