Confianza

 

Bitácora Del Director 

PASCAL BELTRÁN DEL RÍO

 

Termina 2018, un año que trajo un cambio político en México como pocas veces se había visto.

Ignoro si esto nos llevará a una “cuarta transformación”, como presume el nuevo gobierno, pero no hay forma de negar la magnitud de la sacudida que propinaron los electores el 1 de julio.

Incluso si uno revisa la historia mundial, no es común encontrar un partido que en su segunda incursión en las urnas logra multiplicar por ocho los votos obtenidos en la primera y conquista las principales posiciones de poder en una nación. 

Los votantes mexicanos propinaron una derrota de antología a las formaciones políticas que cogobernaron el país durante tres décadas mediante la llamada partidocracia.

Realizado ese cambio, los principales problemas que enfrenta la nación permanecen. La inseguridad, la persistente miseria de un porcentaje importante de la población y la impunidad siguen vivas. Esos jinetes del apocalipsis apenas tomaron nota de la decisión del electorado de entregar la Presidencia de la República a Andrés Manuel López Obrador de forma abrumadora, y el control de las dos Cámaras del Congreso a un solo partido, cosa que no sucedía en México desde 1994.

Luego de un largo periodo de transición –como no se da en otra parte del mundo–, en el que el gobierno constituido menguó hasta desaparecer y el gobierno electo comenzó a tomar decisiones como si ya estuviese en el poder, López Obrador tomó posesión el pasado 1 de diciembre.

Aún le falta mostrar con claridad el rumbo por el que pretende guiar al país. Algunas señales se deducen en el proyecto de presupuesto presentado la semana pasada y las reformas legales que la nueva mayoría ha realizado y se propone realizar, pero sigue sin ser obvio si estamos ante un cambio de partido en el poder, es decir, una alternancia clásica, o un cambio de régimen, como los que se producen tras un estallido revolucionario.

Eso habrá que dejárselo al tiempo. Lo cierto es que la profundidad del cambio será la que el nuevo gobierno quiera. Al menos de aquí a que se lleve a cabo la siguiente elección legislativa, en la cual los votantes tendrán la oportunidad de decidir si ratifican la confianza al Presidente o lo someten a un control parlamentario que por ahora no tiene.

Por lo pronto, creo, podemos estar optimistas. El sistema democrático que hemos construido ha funcionado. El 1 de julio se impuso el candidato presidencial que quiso la ciudadanía que acudió a votar, e igual sucedió en el resto de las contiendas electorales, mediante las cuales se renovó una cantidad inusitada de cargos públicos.

Mientras las instituciones que permitieron ese cambio estén en pie y funcionen de la forma en que deben funcionar y para lo que fueron hechas, la ciudadanía siempre podrá optar por el cambio si percibe que su gobierno no funciona.

Por eso es tan importante cuidar esas instituciones. No podemos permitir como ciudadanos que se les socave porque son la garantía de que nuestra democracia funcione, al margen del partido político que detente el poder.

Por ahora, afortunadamente, no ha habido un triunfo electoral tan contundente que pueda decirse que el ganador llegó para quedarse. Para probarlo, ahí está el hecho de que tres partidos políticos distintos han ganado las tres elecciones presidenciales más recientes. Un fenómeno similar de alternancia ha animado la enorme mayoría de votaciones para gobernador.

Por supuesto, la alternancia política no es buena en sí misma ni asegura la felicidad. Lo único que hará posible resolver nuestros problemas como país es una ciudadanía activa de tiempo completo, que asuma que su tarea con la República es mucho más que ir a votar cada tres años. Una ciudadanía que se vuelva vigilante del poder, en el mejor sentido; que exija cuentas y demande rectificaciones cuando haya lugar.

Veo atisbos de eso en las semanas recientes. Repuesta de la sorpresa que significaron los resultados de la jornada electoral, la sociedad civil organizada se ha hecho presente en muchos de los debates públicos. Su voz se ha escuchado y ha hecho que se le tome en cuenta.

Parte de ese esfuerzo ciudadano está en manos de los medios. No para convertirse en opositores de la nueva mayoría, sino para ejercer una función básica en la democracia: dar a conocer lo que hace el gobierno; permitir que los ciudadanos decidan si esas acciones son en su beneficio y darle voz a éstos para expresarse en caso de que no sea así.  

Sin medios libres, la democracia no funciona. Sin medios responsables, corre el riesgo de atrofiarse.

Estaremos bien si cada quien cumple su papel: el gobierno, procurando el desarrollo armónico y sostenible del país; la ciudadanía, ejerciendo sus derechos y vigilando que la autoridad cumpla con su deber, y los medios, informando sobre el interés público.

Fuente Excelsior