Bitácora: Bien por el acuerdo, hay mucho en juego

Pascal Beltrán del Río

En alguna parte de la bóveda destinada a guardar los tesoros de la nación quedaba una pizca de sensatez.

Me alegra que la hayan encontrado y hayan echado mano de ella para la primera reunión entre la Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago) y el presidente Andrés Manuel López Obrador, el martes por la tarde.

La inseguridad es el principal reto que tiene la República. No es un problema exclusivo de nadie, sino de todos. No tiene colores políticos. Ninguno debiera desentenderse de él.

Previo a la reunión, los gobernadores surgidos de la oposición y el nuevo gobierno federal estaban en un impasse.

Los primeros se mostraban firmes en que no aceptarían ser subordinados de los superdelegados nombrados por el nuevo Presidente de la República para la atención del problema.

Algunos mandatarios estatales incluso amenazaron con no asistir a las reuniones sobre seguridad que los superdelegados convocarían y coordinarían y en las que ellos estaban considerados como simples “invitados”. Y lo cumplieron una vez que arrancó el gobierno.

Incluso, uno de esos gobernadores –el perredista michoacano Silvano Aureoles– dijo que se ampararía.

Por su parte, el Presidente también parecía inamovible en su postura. Los superdelegados serían quienes encabezarían la estrategia de seguridad en los estados, y punto.

A pregunta expresa sobre la posición de los gobernadores rebeldes –durante la conferencia mañanera del martes en Palacio Nacional–, López Obrador los mandó a decir misa. Si no querían asistir a las reuniones, que no lo hicieran. A juzgar por sus palabras, eso lo tenía sin cuidado.

Así llegaron los mandatarios estatales y el Ejecutivo federal a la reunión, celebrada en Palacio Nacional, el nuevo epicentro de poder de la República.

El presiente en turno del grupo, el chiapaneco Manuel Velasco, decidió jugar el lamentable papel de palero del Presidente, dando la razón en todo a AMLO. Pero, ya al final, el encuentro se puso serio. Y entre el jalisciense Enrique Alfaro (que hoy toma posesión de su cargo) y el chihuahuense Javier Corral colocaron las cartas donde podían verse.

Ambos tuvieron tacto y explicaron al Presidente de la República las razones de su oposición al papel de los delegados del gobierno federal. Dijeron que no debía fungir como coordinador de la estrategia local contra la inseguridad alguien que no tuviese experiencia en la materia, como es el caso de la mayoría de los superdelegados.

López Obrador atendió las razones. Hay que reconocerle que actuó con talante presidencial. Los coordinadores de la estrategia, dijo, serán militares con suficiente conocimiento. Marinos, en el caso de los estados con litoral, y soldados en el resto de las entidades.

Yo no puedo sino alegrarme que ese haya sido el tono con que terminó la reunión. Ojalá que la mayoría de los mexicanos lo vea del mismo modo, pese a lo insuflados que siguen muchos por la dura campaña electoral que vivimos este año.

No sé cuánto vaya a durar la cooperación entre los estados y la Federación ni cuántos réditos vaya a dar la sensatez política repentinamente hallada. Pero algo es algo. Es un principio.

Sin duda habrá quien quiera interpretar esto como una cesión o una concesión. Es normal. En México estamos acostumbrados a denostar los acuerdos políticos.

La verdad es que el país está frente a un problema de inseguridad sin precedentes y las instituciones deben atenderlo. Ésta no debe ser materia de los juegos y fintas de siempre. No sé cuántas personas han sido asesinadas desde el 1 de diciembre, pero la cifra seguramente pasa de 250. Es sencillamente inaceptable.

Tiene razón López Obrador en que la coerción no es la única vía para salir de esta crisis, pero el Estado no puede darse el lujo de renunciar al uso legítimo de la fuerza que le otorga la Constitución.

Me gusta que las partes se hayan encontrado a la mitad del río.

Tratar de imponer visones irreductibles no es la manera de avanzar. Se requiere construir consensos por el bien de la nación. Sobre todo en una circunstancia tan delicada.

Lo hemos visto en días recientes: los criminales no iban a cambiar de proceder sólo porque tomó posesión un nuevo gobierno. Ellos siguen en lo suyo. Y lo que toca a las instituciones es hacerles frente sin ambages y con determinación.

Así que bien por López Obrador, y también por Alfaro y Corral. Vamos avanzando. Hay seriedad. Ojalá dure porque hay mucho en juego.