Migraciones

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YURIRIA SIERRA

Migraciones

Más de 9 mil personas, niños y adultos, cruzaron la frontera sur de México tan sólo en tres días, del 19 al 22 de octubre pasado. Es dato de Unicef. El organismo detalla que de éstos, más de dos mil 300 son menores. Y las condiciones bajo las que transitan las hemos visto en los últimos días: largas horas de caminata, hambre y sed. Si para los adultos es difícil sortear estas circunstancias, para un menor resulta casi imposible.

Pero todos, niños y adultos, se dan aliento con los sueños que cargan en la espalda. “Tristemente, estas condiciones son parte de la vida diaria de millones de niños en la región. Cada día, familias que enfrentan estas condiciones tienen que tomar la difícil decisión de abandonar sus hogares, comunidades y países en busca de seguridad y un futuro más esperanzador…”, afirmó desde Ginebra Marixie Mercado, vocera de Unicef.

El mismo organismo detalla que los integrantes de la Caravana Migrante que hoy sigue por su paso por Oaxaca viajan en grupo porque se sienten más seguros, pero ello no los libera de los peligros que hoy, sabemos, están latentes en los caminos de la sierra de nuestro país. Muchos de ellos han comentado en entrevistas para televisión, que justo una de las razones que los obligaron a salir de Honduras, era la violencia. Llegan a México huyendo, pero exponiéndose al mismo riesgo, sin embargo, para ellos, todo lo vale con tal de cruzar a Estados Unidos.

Eso sucede en nuestras fronteras. ¿Qué pasa en el resto del mundo? La Caravana Migrante nos ha puesto en alerta sobre el tema, por la proximidad y el entendimiento que hacemos sobre la migración. No es un tema que nos sea ajeno. Sin embargo, el mundo contemporáneo está plagado de señales que debería hacernos entender la importancia y la naturaleza del fenómeno migrante. Ejemplos dolorosos como los más varios miles de afganos que llegaron a Europa en 2015 y que siguen llegando. En Europa se ven las mismas postales que nosotros hoy narramos con los centroamericanos, y desde años con nuestros connacionales que viajan a EU. Miles, millones de personas que huyen y buscan un mejor provenir, un pedazo de tierra al cual llamar hogar.

En Tailandia el mismo tema: de agosto de 2017 a julio pasado, más de 700 mil rohinyás se instalaron en Bangladesh. Es la crisis de migración que más ha crecido en el mundo. La ONU considera esta comunidad una de las más discriminadas y vulnerables del mundo.

México tendió ayer su mano, como lo han hecho otros países con sus propios migrantes: “Sabemos muy bien que lo que buscan es una oportunidad, que quieren construir un nuevo hogar y un mejor futuro para su familia y seres queridos. México les tiende la mano. Queremos que todos los migrantes se sientan tranquilos y protegidos…”, dijo Enrique Peña Nieto en un mensaje. Y lo hizo horas después de que Estados Unidos amenazara con el envío de tropas a su frontera sur; misma que fue visitada por su secretaria de Seguridad Nacional, quien soltó la misma advertencia hecha por Trump: no los dejaremos pasar.

La ONU ha estudiado la migración desde siempre. Apenas en junio pasado, respaldada en una investigación de la Escuela de Economía de París y el Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia, aseguró que el flujo de refugiados o migrantes no representa una carga para los países que los reciben. Incluso, según informó, mejoran a largo plazo el crecimiento económico. Esto lo basaron en las cifras generadas en los 90, en la Guerra de Yugoslavia, y las de Siria y el Mundo Árabe en 2015, cuando el Alto Comisionado de la ONU batió el récord en el número de personas desplazadas en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial: más de 16 de millones de personas.

Causas diversas, todas lamentables, pero que representan una apuesta natural para un mundo más diverso y menos segregado. Porque en esa riqueza podremos encontrar la empatía suficiente para reconocernos en las necesidades del otro, en sus errores, en sus aciertos. Las sociedades del mundo, todas y a lo largo de la historia, se han construido así, con la migración. Darle la espalda es también condenarnos a sociedades rígidas y mediano crecimiento.