Número cero: ¿Final anticipado del gobierno de EPN?

POR JOSÉ BUENDÍA HEGEWISCH

De los saldos del tsunami electoral sobresale la desaparición del gobierno de Peña Nieto en el escenario político, a pesar de que aún le resta casi medio año. En días, pasó de ser uno de los presidentes más visibles, a casi dejar de existir en el espacio mediático, tras el castigo del 1 de julio. El súbito eclipse de su imagen pública lo exhibe como uno de los principales damnificados de la contienda y lo convierte en una señal inequívoca de la profundidad del terremoto que sacude a la clase política y a la tecnocracia del poder.

¿A dónde se fue su gobierno? Tras la reunión en Palacio Nacional con AMLO, dos días después de los comicios para acordar el cambio de estafeta, el presidente y su gabinete parecen haber entregado la plaza, aunque su sucesor declare que respetará el plazo de su encargo para tomar decisiones. Eso, per se, abre incertidumbre, aunque lo notable es que la evaporación del mandatario no deja la impresión de vacío de poder. El lugar lo ha ocupado rápidamente el vencedor, sin ser siquiera reconocido oficialmente como Presidente electo, con todos los reflectores encima, aunque sin el mando en las manos. Por lo menos, riesgoso…

La “contundencia” de su triunfo —como la calificó EPN— explica, en parte, la dramática declinación del gobierno saliente, pero la rápida dispersión del poder y la nueva concentración también revelan que la revolución silenciosa de las urnas es de mayor calado por socavar los pilares del sistema de partidos y dejar descolocada a la alta burocracia que ha gobernado las últimas tres décadas. Tampoco hay prácticamente oposición en funciones, con los grandes partidos ensimismados en sus crisis.

A esa percepción abona también el inmediato cambio de señales del futuro gobierno, por ejemplo, con la administración de Trump y la acogida positiva que éste le brinda. Una actitud de distensión y apertura de canales de diálogo directo (sin Twitter) que modificó el lenguaje de ataque y hostilidades por deferencias y gestos empáticos, como la mención del paralelismo con AMLOTrump lo felicitó por la victoria, incluso antes de conocerse los resultados oficiales, lo que, en otro caso, se habría criticado como injerencia. Y, en otra muestra de acercamiento, recibirá en sus oficinas a una delegación de su gobierno, encabezada por el secretario de Estado, Mike Pompeo, sin ser declarado Presidente electo, después de encontrarse con el “fantasma” de Los Pinos.

El guiñó alienta un mejor escenario al desenlace de la negociación del TLC, pero, sobre todo, habla de la expectativa de Trump de contar con un nuevo interlocutor más afín con sus políticas nacionalistas y proteccionistas frente a la globalización. Su administración ve semejanzas del movimiento de cambio y el discurso antistatu quo que lo llevó a la Casa Blanca con el triunfo de Morena y AMLO. El aparente giro hacia México fortalece al virtual Presidente electo, independientemente del poder de las urnas; a la vez que remarcan el declive de la coalición de poder ligada al modelo neoliberal de los grandes partidos, más allá del castigo de los votos.

Entre el equipo de AMLO hay expectativas de mayor entendimiento con Trumppor encontrar también posibilidades de convergencia con las políticas nacionalistas que ahora encabeza Estados Unidos en el mundo. Con ellas ven llegar un desplazamiento de la tecnocracia y del paradigma neoliberal que dominaron los anteriores gobiernos del PRI y del PAN. Tienen la oportunidad, piensan, de situarse en la vanguardia de cambios mundiales, mientras que las administraciones anteriores se integraron en el furgón de cola del modelo neoliberal.

Esa perspectiva refuerza la idea de que no estamos sólo frente a un cambio de gobierno, sino de un paradigma y a un desplazamiento de la coalición de poder que gobernó los últimos treinta años y que fue superada en las urnas por un nuevo escenario político interno y externo. Veremos qué pasa mañana…