Muere Choi Eun-hee, la estrella surcoreana a la que Kim Jong-il secuestró para hacer propaganda comunista

La actriz surcoreana Choi Eun-hee, que en 1978 fue secuestrada por agentes norcoreanos por orden del difunto padre del dirigente Kim Jong Un y obligada a rodar durante ocho años películas para el régimen, falleció a los 91 años en Seúl.

Choi Eun-hee, la gran estrella del cine surcoreano durante décadas, había sido secuestrada por espías norcoreanos a petición de Kim Jong Il, gran cinéfilo y por aquel entonces todavía secretario de Propaganda.

Según los medios, la actriz había viajado a Hong Kong para hablar de su escuela de arte con un posible inversor. Pero fue atraída hasta un barco desde donde fue transferida a un carguero con destino a Corea del Norte. Durante el viaje de ocho días, Choi estuvo drogada y sin comer.

Poco después, su esposo, el célebre director de cine Shin Sang-ok, también apareció en Corea del Norte en circunstancias todavía misteriosas.

La pareja permaneció retenida en Corea del Norte durante ocho años, rodando juntos una decena de películas por orden de Kim Jong Il, hijo de Kim Il Sung, el fundador de la dinastía comunista norcoreana.

Kim Jong Il, que gobernó Corea del Norte de 1994 hasta su muerte en 2011, quería utilizar a la pareja mítica del cine surcoreano para hacer películas capaces de rivalizar con lo mejor del cine internacional.

En 2011, Choi explicó en una entrevista la compleja relación que existía con su secuestrador.

Kim Jong Il “nos respetaba como artistas y nos apoyaba totalmente”, dijo Choi, agregando sin embargo que nunca le perdonaría su “escandaloso secuestro”.

La pareja tenía autorización para “hacer películas con valor artístico, no sólo películas de propaganda alabando al régimen”, contó.

Kim gastaba sin mirar cuando se trataba de cine. Para una escena de accidente de tren, requisó una verdadera locomotora llena de dinamita. En otra ocasión, para una escena de vendaval movilizó un helicóptero del ejército, recordó.

En otra ocasión Choi contó cómo el futuro dirigente norcoreano intentaba darle ánimo tras su llegada a Corea del Norte.

“Estaba desesperada y él intento cambiarme el ánimo diciéndome: ‘míreme, Choi. ¿No tengo pinta de un enano pequeño y gordo?’ Me hizo reír”, recordaba la actriz.

Por su parte, Shin contó en sus memorias que Kim tenía una filmoteca personal de 15.000 películas de todo el mundo.

A pesar de estar cautivos en Corea del Norte, Choi y Shin viajaban a menudo al extranjero para rodajes y para asistir a festivales de cine, siempre bajo la estrecha vigilancia de agentes norcoreanos.

Choi fue incluso galardonada como mejor actriz en el Festival Internacional de Cine de Moscú en 1985 por su papel en “Salt”, un filme sobre los coreanos que combatían contra el colonizador japonés entre 1910 y 1945.

El matrimonio, que se divorció en 1976, volvió a casarse durante un viaje a Hungría a petición de Kim.

En 1986, tras haber participado en la Berlinale, protagonizaron una evasión espectacular a través de la embajada de Estados Unidos en Viena.

Choi contó que un periodista japonés los escondió en un taxi y los llevó ante la embajada estadounidense.

“Cuando llegué a la embajada de Estados Unidos en Austria y me dijeron ‘Bienvenida a Occidente’ rompí a llorar”, explicó Choi en 2015.

“Sigo teniendo pesadillas en las que agentes norcoreanos me persiguen”, dijo.

La pareja permaneció en Estados Unidos durante más de diez años y regresó a Corea del Sur en 1999.

Shin falleció el 11 de abril de 2006 en Seúl.

La historia de Choi y Shin inspiró varios libros y películas.

La actriz debutó en el cine en 1942, accediendo al estrellato justo después de la Guerra de Corea (1950-53) que selló la división de la península.

Entre los años 1950 y 1970 actuó en más de un centenar de películas, muchas de ellas dirigidas por Shin.

Su funeral se celebrará el jueves en Seúl.

Corea del Norte secuestró a centenares de surcoreanos en las décadas posteriores a la Guerra de Corea, desde soldados a intelectuales pasando por pescadores pobres.

Más de 500 personas secuestradas viven aún en Corea del Norte, entre ellas una decena de japoneses, según el instituto Asan de Seúl.

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