AMLO no cambió y le cuesta disimular

Afortunadamente, aunque los temas han salido sin claridad y sin la intención real de ser debatidos, López Obrador ha tenido que aceptar dos debates claves en la temática nacional. Los ha tenido que aceptar porque con sus declaraciones los puso sobre la mesa, quizá, sin tomar en cuenta la reacción que generarían, y por eso, sin demasiado éxito, quiere minimizarlos.

Se trata del nuevo aeropuerto y de la Reforma Energética. Dos temas clave que determinarán en buena medida el futuro del país que queremos y que muestran, también, con bastante claridad el país que quiere AMLO. Ya hemos hablado del aeropuerto: cerrar esa obra no es viable, por su avance, por las inversiones ya realizadas, por los mecanismos financieros que se han utilizado para sacarla adelante. El desarrollo del país exige un hub aéreo de las características del que se está construyendo en Texcoco. La propuesta de AMLO es inviable: suspender esas obras, dejar funcionando el actual aeropuerto (en otras ocasiones dice que lo cerraría) y construir dos pistas en el aeropuerto militar de Santa Lucía, que todos los estudios coinciden desde el 2002 que no es una opción viable. Con sus simplificaciones habituales, cree que cancelar la actual construcción del aeropuerto, comenzar a construir en otro lado, a 60 kilómetros de la ciudad, otro aeropuerto es fácil.

También, se le hace fácil (lo dijo, perforar un pozo de petróleo en altamar, a miles de metros de profundidad es tan fácil, dice el candidato de Morena, como hacer un pozo para sacar agua) acabar con la Reforma Energética. Tampoco, será posible sin colocar a México, y no es exageración, en una situación similar a la que puso Chávez a Venezuela cuando comenzó con expropiaciones y nacionalizaciones. Porque más allá de sus declaraciones de que no tomará esas medidas, si AMLO anula la Reforma Energética en los hechos expropiará y nacionalizará a las empresas que ya están trabajando con inversiones millonarias en el sector. La participación de Pemex es más acotada y va asociada a socios privados en todos los proyectos estratégicos. Anular esos contratos es una forma de expropiación.

Tiene razón el presidente Peña cuando dijo que no se puede jugar con la energía. Se equivoca AMLO cuando dice que si Peña opina se está metiendo en la elección. La Reforma Energética junto con la Educativa, las dos reformas que AMLO quiere echar para atrás, son los dos legados más importantes de Peña Nieto. Esas dos reformas (y en términos de infraestructura, la construcción del aeropuerto) son su legado, medidas, sin duda, acertadas y que van en la dirección que requiere el país, más allá de las simpatías que se tengan sobre la labor de Presidencia. Tiene todo el derecho de defender su gestión, como cualquier otro Presidente.

Lo que no quiere AMLO es aceptar con todas sus letras, aunque lo deja trascender y lo dice su gente, que lo que él quiere es anular esas dos reformas, comenzando por la energética. ¿Podría hacerlo de llegar a la Presidencia? Muchos aseguran que no. Que se trata de reformas constitucionales que tendrían que pasar por el Congreso, lograr dos terceras partes de los votos y luego ir a los congresos estatales antes de convertirse en realidad. Pero olvidan que AMLO no parece dispuesto a gobernar apoyándose en esas instituciones. Se apoyará en “el pueblo”. Este fin de semana mostró cómo lo hará: cada dos años, dice, convocará a un referéndum para que la gente juzgue su mandato, y si lo reprueban se va. También, ha dicho que él no va a anular la Reforma Energética, que lo que va a hacer es a convocar a un referéndum para ver si se mantiene o no la reforma. En otros temas su propuesta es la misma, hacer una consulta directa para saber si se toma un rumbo o el otro. Eso es lo que entiende como gobernar con el pueblo. Y eso es lo que se hace cuando se quiere anular las instituciones de gobierno. Si AMLO fuera un demócrata, no necesitaría convocar a un referéndum revocatorio cada dos años: en el país hay elecciones legislativas cada tres años: ahí con esos instrumentos la sociedad lo apoyaría o no, y en las elecciones se redistribuye el poder. Si quiere cambiar la Reforma Energética, que siga el camino legislativo, no necesita ningún referéndum.

Pero ése es el sentido de soltar el tigre: sirve para las elecciones y sirve para gobernar: sirve para hacer política ignorando las instituciones. Lo cierto es que AMLO está mostrando cuál es su modelo de país. No necesita un aeropuerto internacional, porque no tendrá un gobierno abierto. El nuevo aeropuerto convertido en un gran hub tiene sentido como centro de negocios y de comunicaciones en un país globalizado y comerciando con el resto del mundo. Si esa obra y esa idea es considerada algo faraónico según López, el problema no es la obra, si no la concepción sobre la que se basa.

En energía sucede lo mismo. No quiere meter a México en el mercado global de la energía, mucho menos tener un mercado energético común en América del Norte. No quiere los actuales lazos, que más allá de Trump, se están construyendo desde hace años para conectar las necesidades energéticas de los tres países en petróleo, gas, gasolinas y los otros derivados. Por eso piensa en el proyecto, ése sí faraónico, de construir seis refinerías y de regresar a Pemex las tareas de explorar y explotar aunque sea más complejo, más caro y no lo pueda hacer sola.

El aeropuerto, la energía, la marcha atrás en la Reforma Educativa, lo que le insinuó a los banqueros de cómo los obligaría a usar los recursos de las Afores para sus proyectos incluyendo un sistema obligatorio de préstamos a los pobres que parece un simple sistema generalizado de aportes asistenciales, lo que muestran es un país mucho más parecido a Venezuela de lo que se cree. Si quieren un país mucho más parecido no tanto al de Néstor Kirchner en Argentina, sino al que construyó (es un decir) su esposa Cristina, luego de la muerte de Néstor en Argentina.

López Obrador no ha cambiado, ha tratado de disimular mejor sus propuestas. En la medida en la que avanza la campaña eso se le hace cada día más difícil.