El voto o la vida

La Ciudad de México es una urbe de tránsito lento y justicia atascada.

La combinación es letal. En diferentes puntos de la capital se ha vuelto común que los automovilistas sean víctimas de asaltantes que se mueven a pie o en moto entre los vehículos.

Atrapados en la fila de automóviles, sin posibilidad de evadirse, los conductores y sus acompañantes sólo tienen una de dos opciones: Entregar las pertenencias que les exigen los hombres armados o arriesgarse a recibir un balazo.

Hemos visto esto muchas veces: En las avenidas Constituyentes y Patriotismo y en las laterales de “vías rápidas”, como Periférico, Viaducto y Circuito interior, entre muchos otros lugares.

Para los asaltantes es una operación sencilla. Tienen tiempo de sobra de revisar los vehículos de sus víctimas potenciales y calcular el botín. El robo se produce en pocos segundos y, una vez consumado, la huida no representa mayor problema.

El fenómeno ha llevado a muchos capitalinos que conozco a cambiar de costumbres. Nada de aprovechar el semáforo en rojo para revisar el celular y nada de traer valores a la vista. En cualquier momento puede venir el temido toque en la ventanilla con el cañón de una pistola.

El viernes pasado, pasadas las 7 de la tarde, un caso así ocurrió en la calle de Perpetua, a unos pasos del Teatro de los Insurgentes.

Un automovilista a bordo de un Mercedes Benz color blanco fue asesinado de dos balazos en la cabeza mientras esperaba el siga del semáforo.

Una nota sobre los hechos describe lo sucedido: “Según testigos, los responsables fueron dos hombres, uno de complexión delgada, moreno, 1.75 metros de estatura y de unos 20 años de edad. El otro sujeto era de complexión gruesa, de 1.70 metros de estatura, chamarra negra con rojo, de unos 35 años.

“Los testigos también explicaron que los responsables aprovecharon que los conductores estaban detenidos en el semáforo para atracarlos (…) Tras cometer el crimen, los dos hombres huyeron por el estacionamiento de una tienda de autoservicio cercana, en cuya entrada quedó el auto del difunto”.

El crucero de Perpetua e Insurgentes es uno en el que he estado atorado muchas veces. Ayer, conocí la identidad de la víctima por un post en Facebook.

El usuario Fernando Molina escribió: “Hoy finalmente me alcanzó la inseguridad de la que todos hablan en la CDMX (…)”.

“Hoy la inseguridad nos arrebató a un miembro de nuestra familia. Dos asaltantes dispararon a la cabeza de mi cuñado Javier Huacuja cuando esperaba la luz verde del semáforo y no, no estaba en uno de los llamados barrios bajos de la Ciudad de México; estaba en la calle de Perpetua casi esquina con Insurgentes Sur, en la colonia San José Insurgentes.

“Era viernes, 7 de la tarde. Javier, litigante laboral y catedrático de la Universidad Panamericana, acababa de dejar en su casa a sus hijas de seis y siete años de edad. De acuerdo con las autoridades, ‘seguramente opuso resistencia al asalto’. Lo único seguro para mí es que los asaltantes huyeron.

“Me rehúso a pensar que todo estuviera bien si él no hubiera tenido el instinto natural de oponerse a un ‘asunto tan cotidiano’ (…)

“Me rehúso a pensar que la solución es portar un arma y tener que luchar por la vida en nuestras calles como vaqueros en el viejo oeste.

“Me rehúso a aceptar que no tenemos nada que hacer y debemos permitir que nos asalten pacíficamente, como una oportunidad dada por los asaltantes para conservar la vida.

“Nuestras autoridades nos han llevado a un grado de descomposición social sin precedentes y a una impunidad rampante que nos desafía diariamente.

“El problema real es que las autoridades ya han logrado que nos acostumbremos a vivir en esta descomposición social y a que veamos un asalto como algo normal, y que no nos despabilemos hasta que la inseguridad nos pega (…)”.

Yo, como Fernando, me pregunto qué podemos hacer ante esto como sociedad, dejando a un lado la trampa de culpar a las víctimas por “resistirse al asalto”. Y la única respuesta que encuentro es seguir exigiendo a quienes tienen la obligación constitucional de protegernos, que lo hagan, porque orillarnos a la autodefensa contra los criminales representaría una gran derrota para todos.

Comencemos por demandar a los aspirantes a la Presidencia de la República y a la Jefatura de Gobierno un plan serio, creíble, realizable contra la inseguridad. Porque hasta ahora, todos ellos, todos, nos han querido dar baratijas, puros lugares comunes y —perdone usted la expresión— verdaderas pendejadas a cambio de nuestro voto.