El triste destino de la obra de Mandela

Si algún mandatario logró un amplio reconocimiento internacional en el último cuarto de siglo ése fue el sudafricano Nelson Mandela.

Desde mucho antes de su muerte, en 2013, Madiba, como lo llamaban, se había ya convertido en el paradigma del gobernante justo y honesto. En prácticamente todos los países del mundo es reconocido como tal.

La mayoría de los sudafricanos –porque vivieron el horror del apartheid o porque sabían que ese régimen era insostenible– vieron en su llegada al poder, en mayo de 1994, una bocanada de aire fresco que llevaría a Sudáfrica, sin violencia ni rencores, a desarrollar todo su potencial.

La fórmula no podía fallar, se creía, mientras Mandela estuviese en el poder. Pero el problema fue justamente ese: se trataba de un hombre ya mayor que no deseaba extender su paso por la Presidencia, que concluyó en junio de 1999.

A partir de ahí, dejó su legado en las manos de dos hombres: Thabo Mbeki y Jacob Zuma. Ambos estuvieron muchos años en el exilio durante el largo encarcelamiento de Mandela en Robben Island.

Mbeki, elegido Presidente para suceder a Mandela, dejó trunco su segundo periodo de gobierno, en 2008, luego de ser acusado por su partido, el Congreso Nacional Africano, de conspirar contra Zuma, su entonces vicepresidente, a fin de que no pudiese competir por la Presidencia.

Acusado de corrupción, Zuma fue exonerado y ascendió al poder en 2009, pero muy poco tiempo después comenzó a verse envuelto en distintos casos judiciales, primero por abuso sexual y luego por corrupción, particularmente por su connivencia con el poderoso clan económico de la familia Gupta.

Con casi nueve años en la Presidencia, Zuma está hoy a un paso de ser destituido.

En octubre pasado, la Suprema Corte de Sudáfrica ordenó que se reabrieran los 783 cargos que se han fincado contra él y que habían sido retirados indebidamente, algunos desde 1999, lo que permitió que Zuma fuese Presidente.

Entre las acusaciones contra el mandatario, hay de todo: la violación de una amiga de su familia; la remodelación de su casa de campo con recursos públicos y, la más escandalosa de todas, el otorgamiento de contratos a la familia Gupta y la remoción de funcionarios que resultaban incómodos al clan de origen indio.

La eventual caída de Zuma –cuyo periodo termina el año que entra– dejaría en igualdad de circunstancias la trayectoria de los dos hombres que Mandela escogió para continuar con su obra (y que aparecen con él en esta fotografía, tomada con motivo de su cumpleaños 90, en 2008).

Marcados tanto Mbeki como Zuma por el abuso de poder, la lección para Sudáfrica y cualquier otro país es obvia: un solo hombre no puede cargar sobre sus hombros la responsabilidad de una nación.

Contrario a lo que algunos dicen, en el sentido de que se extrañan los “años dorados” previos a 1994, el régimen del apartheid tenía tanta corrupción como cualquier sistema autoritario sin contrapesos.

La llegada de Mandela al poder representó no sólo la posibilidad de abatir las injusticias sociales, sino de acabar con el patrimonialismo que caracterizaba al gobierno racista y asegurar que los bienes de todos sirvieran para cubrir las necesidades de todos.

Desgraciadamente, Sudáfrica no ha visto cumplido ese deseo. La corrupción es hoy probablemente peor de lo que era hace 25 años.

Si un gran hombre, un gigante de la política como era Mandela no pudo asegurar, tras un lustro en el poder y 14 años como expresidente, que se acabaran la corrupción y la injusticia social, ¿qué pueden esperar países con políticos menos dotados y empeñosos?

Por eso, para resolver los problemas y conflictos sociales, no se puede poner la esperanza en un solo hombre, sino en la construcción y mantenimiento de instituciones y en hacer del Estado de derecho, la educación, la igualdad de oportunidades, la libertad de emprender y la racionalidad financiera las guías para la convivencia.