El mejor México

Sería aventurado sostener que “México ya cambió” por los hechos ocurridos del martes para acá.

Sin embargo, creo que es muy mezquino afirmar que los mexicanos sólo sacamos nuestra mejor faceta en momentos de tragedia. Si no la sacamos en esas ocasiones, ¿entonces cuándo?

Yo estoy por una posición intermedia entre esas dos, de entusiasmo y derrotismo: México puede cambiar, pienso yo, pues sin duda ha mostrado que tiene con qué.

La cosa es dar continuidad y, sobre todo, permanencia al espíritu solidario que se ha visto en las calles de la Ciudad de México y también en otras partes del país con motivo de los sismos de septiembre. Estoy convencido de que los actos espontáneos de fraternidad se pueden convertir en una forma de ser, de vivir en comunidad.

Hay que evitar lo que nos pasó después de 1985, cuando la energía ciudadana que salió a flote por los terremotos de aquel año —y logró grandes cambios— se fue apagando hasta dar lugar a un malestar contra el statu quo, pero uno casi siempre callado e inactivo. Lo único que transforma verdaderamente una sociedad es la acción de sus ciudadanos. Ahora que está de nuevo encendida, no dejemos que se apague.

Hay tantas historias que enchinan la piel, que es difícil hacer un buen recuento. Van, al vuelo, algunas de las que más se me han quedado en la mente: La de Paulina Márquez y Maricarmen García, dueñas del restaurante Degú, en la colonia Condesa, quienes mantuvieron abierto su negocio para dar comida y café, así como espacio para descansar, usar el sanitario y hasta cargar el celular a decenas de rescatistas voluntarios.

La de Vicente Parra, vecino de San Pedro de los Pinos, quien respondió a un llamado de Imagen Televisión para adoptar al gato Popocatépetl, que vagaba entre las ruinas de un inmueble de la avenida Álvaro Obregón en la colonia Condesa.

La del moreliano Eduardo Zárate, quien se echó un costal al hombro y ayudó a mover cascajo, montado en su silla de ruedas.

La del productor de cine, Nicolás Celis, quien puso plantas de iluminación y walkie talkies a disposición de los equipos de rescate para que no tuvieran que detener los trabajos por falta de luz.

La de la Federación Canófila de México y las Fuerzas Armadas cuyos perros entrenados colaboraron de forma decidida en la recuperación de personas vivas y muertas en los derrumbes.

Las de miles y miles de jóvenes que en estos días aciagos han encontrado en la ayuda a sus semejantes un propósito de existencia, como pasó con los jóvenes de mi generación en septiembre de 1985. Las de las miles de manos, hechas puño, cuyo llamado al silencio colectivo nos permitió escuchar que el corazón de México no había dejado de latir.

Desgraciadamente no podemos dejar de lado los malos reflejos de algunos, pues bien se sabe que este tipo de situaciones de emergencia sacan lo mejor y lo peor del ser humano.

Los que engañaron con información falsa a través de las redes sociales, como que los rescatistas japoneses se habían marchado del país luego de recibir malos tratos; los que no responden ante el comprensible enojo de quienes les compraron departamentos nuevos en edificios que se quebraron al primer sismo; los que buscaron el protagonismo en medio de la tragedia, y los que pensaron que la confusión era un buen camuflaje para echarle el guante a la ayuda para los damnificados.

Pero lo mejor ha sobresalido mucho más que lo peor. Y eso da esperanza de que esta sociedad no vuelva a la zona de confort personal, al victimismo estéril y la queja sin acción.

Los mexicanos estamos encarrilados para ser y hacer grandes cosas. Como me decía un voluntario extranjero en estos días: “Ustedes tienen todo para ser una gran potencia y un ejemplo a nivel mundial”. Yo sí lo creo, pero no es algo que se dé en automático. Es momento de concretar, de dejar un legado de la solidaridad de estos días.

BUSCAPIÉS

Para que no se pierda en la memoria el ejemplo de solidaridad que han mostrado miles y miles de mexicanos en estos días trágicos, ¿por qué no pensar en inmortalizar una de las escenas emblemáticas de las tareas de rescate en un billete? Si se hizo para conmemorar los cien años de la Constitución, ¿por qué no hacerlo en este caso de historia viva, de esos héroes sin capa que nos enorgullecen a todos?

PASCAL BELTRAN DEL RIO