El fanfarrón y el Presidente

El 26 de enero pasado, Donald Trump tuiteaba —de nuevo— que México pagaría por el muro fronterizo. Cinco días después, el 31 de enero, Enrique Peña Nieto cancelaba el que sería el primer encuentro con el recién embestido Presidente de Estados Unidos en la Casa Blanca. Al día siguiente, la agencia AP filtraba un extracto de una conversación que ambos presidentes habrían tenido el 27 de enero. El contexto que se le dio a esto en aquel momento fue que el estadunidense amenazó al nuestro con enviar tropas militares a México para combatir al narcotráfico; algo que la SRE desmintió al instante, jamás se negó la llamada, pero sí se enfatizó en que nunca se recibió amenaza alguna y que, por el contrario, la plática se dio en medio de un trato cordial. Para ese momento ya sabíamos del acuerdo de que ni aquí ni allá se hablaría en público del muro, cosa que Trump no respetó, por cierto.

Han pasado poco más de seis meses de esto. Y hoy estamos en medio de una coyuntura que para ambos países pinta distinto a como se veía en aquel entonces. En este lapso, a Donald Trump se le han ido derrumbando temas tan importantes como su propio gabinete. Estamos a días de que comience la renegociación del TLCAN, una de sus más sonadas promesas de campaña, junto con esa otra sobre el muro. También en este tiempo se ha puesto en duda la postura que el gobierno mexicano ha mostrado frente a ambos asuntos.

Aquella llamada telefónica del 27 de enero fue publicada ayer por The Washington Post de manera íntegra. Al leerla, perdí la cuenta de las frases fanfarronas que Enrique Peña Nieto tuvo que soportar durante la conversación que duró casi una hora. Que si un estado como Ohio votó por Trump porque sus habitantes esperaban que se resuelva la injusticia comercial y se generen empleos. Que si sus promesas de campaña eran temas sumamente importantes, y que México tiene un papel primordial para que pueda cumplirlas. Que aceptó las reuniones que en materia comercial han sostenido equipos de ambos Estados, pero sólo por la buena relación que hay entre Jared Kushner, su yerno y asesor, y Luis Videgaray, el canciller mexicano. Aunque él —Trump— sabía que, de querer, podía imponer leyes sin la necesidad de negociación o discusión alguna, pero que nos está dando la oportunidad. Que el conflicto de las drogas en Estados Unidos es a causa del problema con los narcotraficantes de nuestro país, y que si aquí nos sentimos rebasados por ello, él está dispuesto a darnos apoyo cuanto antes. Que todo el mundo se ha aprovechado de EU y que él —Trump— fue elegido para acabar con eso. Y que incluso está dispuesto a ayudarlo —a Peña Nieto— a que los mexicanos pidamos su reelección. Vaya cantidad de favores que está dispuesto a hacer Trump. Favores acompañados de amenazas. Y amenazas acompañadas de desplantes. Y así. El perfil del narcisista.

Aunque lo que llamó más la atención fue la insistencia (súplica, casi) que hubo de su parte para que desde nuestro país no se volviera a decir que no pagaríamos el muro. Y no porque le moleste el hecho de que eso sea cierto, porque él mismo reconoce en la conversación que el asunto poco le importa. Lo único que le interesa es que estas declaraciones no le quiten fuerza a su imagen, que no desengañen a todos sus votantes (que para eso él se está pintando solo).

De parte de Enrique Peña Nieto (hay que decirlo) sólo hubo un trato cordial y se enfatizó muchas veces que lo que debía ser el centro de las reuniones, aquellas que se realizaban en ese entonces, era un futuro en las que a ambas naciones les fuera bien y que su relación se fortaleciera. Trump se limitó a decir que coincidía en ello, pero no pasaron más de doce días y ya estaba hablando en público del muro, a pesar del acuerdo de no hacerlo.

Después de leer esta conversación filtrada ayer, no podemos pensar sino en lo difícil que debe ser negociar con alguien que al hablar no deja de mirarse al espejo. Tampoco de la disposición y paciencia de parte del equipo mexicano, liderado por Luis Videgaray, que ha ido una y otra vez para lograr avances en la relación entre ambos países. Y es que a Donald Trump no le importa ni siquiera su país, al menos no tanto, como proteger su fanfarrona imagen. Pero las mentiras tienen patas cortas. Y los mentirosos, siempre, una filtración que aguarda.

EXCELSIOR